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Full text of "Diálogos olímpicos"

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OLímpicos 



I 

ñPOLO Y QIOH1505 



EDICIÓN POPULAR 
PRIMER MILIAR 






BUENOS AIRES 
331647 - Talleres " Casa Jacobo Peuser '* 

1919 



DlñLOGOS OLÍMPICOS 



OBRAS DE C REYLES 



Beba, novela, agotada. 

La raza de Caín, novela, cuarta edición. 

La muerte del Cisne, literatura filosófica, cuarta 

edición. 
El Terruño, novela, tercera edición. 



DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

I. Apolo y Dionisos, edición artística con ilustra- 
clones en colores de G. López Naguil. 
Apolo y Dionisos, edición popular. 
II. Cristo y Mammón, edición de lujo y edición 

popular, próximas a aparecer. 
III. Palas y Afrodita, edición de lujo y edición po- 
pular, en preparación. 



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piñLoeos 

OLímpicos 

I 

ñPOLO Y DI0HI505 



EDICIÓN POPULAR 
PRIMER MILLAR 






BUENOS AIRES 

331647 — Talleres ** Casa Jacobo Peuser " 
1919 



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V. I- 



ñPOLO Y ÜI0HI505 




Interrogado por Zeus sobre los desór- 
denes de la tierrra, irguióse el crinado 
Apolo en medio de la asamblea olím- 
pica; sonaron las liras pulsadas por sus 
nueve compañeras y la voz del dios llenó las conca- 
vidades del Empíreo como un celeste canto. 

— Vo salí del vientre moreno de Latona — dijo — 
para iluminar al mundo y reducir a sabias euritmias 
las discordias de los mortales. Las diosas con sus divi- 
nas manos me lavaron en aguas purísimas y pusieron 
por mantillas sutiles gasas, que un cinturón de oro 
a mi cuerpo sujetaba. La severa Temis, la que vela 
por la ley y la regla del universo, no quiso verme 
nutrir a los pechos de mi madre y llena de amorosa 
solicitud me dio a beber el néctar y la ambrosía de 
los dioses. Así que los alimentos olímpicos dilata- 
ron por mis venas sus vitales influjos, la sangre en 
alegres borbollones subióseme al cerebro, sentíme hen- 
chido de irrefrenables energías y haciendo estallar los 
finos pañales y el refulgente cinturón me esparcí go- 
zoso por el mundo, entreteniéndome en disparar mis 
flechas luminosas contra los monstruos de las tinie- 
blas. Maté a Pitón; recobré las terneras celestes que 



8 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

me había robado el sutil Hermes; ayudé a Zeus a 
combatir los Titanes, hijos de Urano y Gaea; estable- 
cí mil cultos y oráculos, y en mi constante afán de 
claridad y armonía, desde las primeras luces del alba 
hacía sonar por todos los ámbitos del mundo la lira 
melodiosa y al doblar la tarde, vestido de purpuras 
y oros, me guarecía en la caverna de Satmos, donde, 
toda temblorosa, venía a compartir mi lecho de hier- 
bas aromadas la pálida y melancólica Selene, la de 
las suaves caricias. 

El hombre, apenas salido de la animalidad, ignaro, 
miserable, transido de frío y enfermo de pavura, sin 
otras armas para defenderse de las cóleras divinas y 
las garras de las fieras que una vacilante lucecita en 
el cráneo, vagaba por broncos riscos y selvas teme- 
rosas como un fantasma del miedo. Vivía temblando. 
Pero aquella lucecita prodigiosa, aunque débil, le per- 
mitió fabricar cuchillos y hachas de piedra que ven- 
cieron en el rudo combate la saña de los colmillos 
más terribles. Por este arte el ingenio hizo su apa- 
rición sensacional en el escenario del mundo. El 
hombre mostróse prevenido y artero. Obtenía con 
mañas y artificios, a una candorosos y sutiles, lo que 
nunca pudiera lograr de poder a poder y en franca 
lucha. Así, por ejemplo, para medirse con el enor- 
me mammuth, en cuyo pellejo rugoso y cubierto de 
fuertes crines rebotaban las flechas, con grande sigilo 
y riesgo de la vida acercábase a él, esperaba pacien- 
temente, en medio del inminente peligro, que la tre- 
menda bestia le volviese las grupas y mostrase el 



APOLO Y DIONISOS 9 

pequeño orificio, velado por la cola, único y recata- 
do sitio por donde resultaba vulnerable, y entonces, 
con ojo certero y pulso firme, le disparaba la traido- 
ra saeta, que se metía por el intestino y causaba allí 
mortal estrago. Huía el mammuth dando saltos y ti- 
rando coces como picado por furioso aguijón, y la 
horda humana, entre gritos de júbilo salvaje, lo seguía 
en su desesperada fuga durante días y aun semanas, 
atravesando valles soledosos, dilatadas llanuras, enre- 
dados matorrales, cobija de toda suerte de alimañas 
venenosas, hasta que el dardo revolviéndose en la he- 
rida y enconándola concluía por abatir la perseguida 
bestia. La despedazaban y empezaba el festín de carne 
cruda bajo la serena bóveda del cielo. 

Estas caserías y otras semejantes obligaban a los 
efímeros a recorrer grandes extensiones y vivir siem- 
pre errantes, sin otros habitáculos que las sórdidas 
cavernas y los antros donde la obscuridad y el frío 
los recluía. Y en la obscuridad poblada de espíritus 
y propicia a las alucinaciones, se afinó la imagina- 
ción del troglodita; en la negrura medrosa apuntó el 
alba del arte como sale la rosada Eos de la negra 
noche. A fin de matar las interminables horas de 
reclusión forzosa, el mísero mortal inventaba estupen- 
das aventuras o se entretenía, mientras vagaba la ima- 
ginación por países quiméricos, ya fabricando toscas 
armas, ya ornamentando, con mano torpe y pueril 
fantasía, sus utensilios de hueso, ya esculpiendo en el 
cuerno del rengífero las candidas visiones que el es- 
pectáculo del mundo le sugería. Y al experimentar, 



10 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

aunque vagamente, los primeros é inefables goces de 
artista, la pobre criatura humana sintió también el 
afán de perfección, el ansia de lo infinito y empezó 
a participar, en cierta manera, de la existencia divina, 
que no es placidez como se ha creído, sino inquie- 
tud, no éxtasis sino acto. Del apasionado connubio 
de aquel afán y de esta ansia nació una bellísima 
princesa con alas de mariposa. .. 

El salvaje se hizo hombre. Yo lo saqué de sus 
hoscos retiros y lo incité a asociarse en grupos, luego 
en tribus, después en pueblos. Yo establecí en las 
familias la omnímoda autoridad del padre y el culto 
del fuego sagrado; en el grupo el primer contrato 
social: la obediencia al jefe y la repartición equitativa 
por éste del botín de la caza y la guerra; en las tri- 
bus los primeros barruntos de las legislaciones, que 
ilustraron luego los Licurgos y los Solones; en los 
pueblos los primeros rudimentos de la ciencia políti- 
ca llevada a tan alto punto de perfección por los hi- 
jos de la Loba. Yo, por decirlo todo, pues eso lo 
explica todo, formé la inteligencia del hombre en los 
moldes de las necesidades; le enseñé a pensar, es de- 
cir, a utilizar las cosas en su provecho, y le di las 
severas disciplinas de la regla y la ley apolónicas, para 
que domara los bajos instintos del limón terreno, 
distinguiera lo animal de lo humano y perfeccionán- 
dose llegara a convertirse en un dios de carne y Imeso, 
aspiración secreta e hito supremo de los mortales que 
saben interpretar las palabras de mis pitonisas. Otros 
de oídos menos sutiles permanecen, hasta cierto pun- 



APOLO Y DIONISOS 11 

to, sordos a ellas y así se origina y mantiene el con- 
flicto del mundo, que es, en resumidas cuentas, el 
antagonismo de los que oyen y los que no quieren 
oir, de los que afirman y los que niegan, del espíritu 
del bien y el espíritu del mal. Llamo bien lo que 
favorece la ascensión del hombre, mal lo que le pone 
trabas y diques. 

— En un dios de carne y hueso?. . . ¡Vana quime- 
ra!; en un fantoche relleno de metafísica estopa que- 
rrás decir ¡oh, Apolo! — interrumpió Dionisos, que 
había escuchado el discurso de su hermano sin cesar 
de sonreír maliciosamente, lo cual le prestaba una 
expresión entre irónica y cariciosa, pero de un en- 
canto indecible a aquella boca que los antiguos, para 
simbolizar su dulzura, adornaron con cuatro alas de 
abeja a guisa de barba. — Antes de rematar la obra 
que tú juzgas divina y que yo, con tu perdón, consi- 
dero nefasta, los hombres tenían entrañas, hoy, gra- 
cias a tí, sólo tienen en la cabeza viento, en el pecho 
estopa. Por lo demás te vanaglorias de muchas co- 
sas que, a mi entender, son verdaderos crímenes, y 
de otras, las menos, que son buenas, pero que no 
llevaste a cabo tu, aunque a tí te lo parezca. Es muy 
curioso, en verdad, el desparpajo con que te atribu- 
yes los hechos de los otros. Harías bien en recordar 
que en el mismísimo Delfos, donde tuviste el más 
grande culto, tuve tantos adoradores como tú y que 
tus pitonisas para inspirarse, tuvieron siempre que 
someterse a la acción de mis vapores. Generalmente, 
cuando tu inteligencia pierde el derrotero, yo la traigo 



12 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

al buen camino; generalmente yo doy el son y tií lo 
pones en música. 

Dejó de sonreír el dios coronado de frescos pám- 
panos, cobró repentinamente su rostro grave majestad 
y contemplando un instante las divinas perfecciones 
de la esplendorosa Afrodita y el encanto infinito de 
Aglaé, Talía y Eufrosina, que para oirlo mejor se ha- 
bían agrupado graciosamente cerca de él, y con acento 
convencido prosiguió: 

— Los mortales son hijos de la tierra y participan 
de su naturaleza. Allí, como aquí, no reina, Apolo, 
tu voluntad ni la mía, sino la voluntad del universo, 
o por otro nombre, la voluntad de Zeus, nuestro pa- 
dre y señor. Esta voluntad misteriosa para el efímero, 
la llaman Dios los sacerdotes, causa primera los filó- 
sofos, fuerza o energía los sabios de allá abajo, que, 
a vueltas de tantos metafisiqueos, empiezan a barrun- 
tar la índole guerrera de los fenómenos, así físicos 
como morales. Creen, y no van descaminados, que 
todos estos no son sino transformaciones más o me- 
nos complicadas de aquella energía o voluntad pa- 
ternal, alma y substancia del universo. La docta ciencia 
lo declara ahora solemnemente después de haberlo 
dicho hace siglos las religiones, aunque de una ma- 
nera confusa y capciosa, por medio de alegorías y 
símbolos de abstrusa interpretación. Si donde las 
religiones dicen Dios, dijeran voluntad del universo, 
fuerza o energía, desaparecería como por ensalmo, la 
obscuridad de los símbolos, los dogmas y los mitos. 
Todo es obra de la grande razón de Zeus. Cuerpos, 



APOLO Y DIONISOS 13 

criaturas y espíritus han salido del mismo vientre y 
obedecen a la misma ley. La chispa eléctrica que brota 
de la frente del hombre y la que parte del albo seno 
de la nube son hermanas. Aquí, entre nosotros, po- 
demos decirlo sin ambajes: el tuétano de todas las 
cosas es de esencia divina, especialmente el de eso 
que tus espiritualistas trasnochados llaman con desdén 
la materia, porque lo divino ¡oh, Apolo! es la energía 
del orbe y la materia el gran depósito de ella. Mi 
culto entrañaba la glorificación de las formas más vi- 
sibles y amables de esa energía: la fecundidad de Gaea, 
la fuerza generatriz de Priapo, las cópulas fabulosas 
de los dioses con Cibeles, Afrodita, Latona, Semele, 
el erotismo de la creación, el triunfo gozoso del amor 
y la vida que encarnan ciertos instintos y pasiones. 
Tú pretendes haber domeñado, por medio de la regla 
y la ley, los deseos, los apetitos, las energías intrín- 
secas, en una palabra, del alma humana e ignoras, 
malgrado tu grande sabiduría, que toda esa fuerza vital 
condenada por tí constituye la voluntad de la tierra, 
la enjundia olímpica de los mortales. Observa que la 
humana criatura no es inteligencia sino voluntad; no 
razón sino instinto. Tus mismos discípulos lo reco- 
nocen. La inteligencia, la razón ¡bah! cosas epidér- 
micas, cosas efímeras cuando no son los heraldos del 
egoísmo o, si quieres, de la tendencia a dilatar su 
poder, a enseñorearse del espacio que es el ánima 
misteriosa de todo lo creado. Ni las vírgenes, ni las 
flores carecen de esa combatividad nativa. Cuando una 
púdica damisela te ofrece trémula las grosellas de sus 



14 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

labios, quiere hacerte suyo; cuando una candida azu- 
cena te brinda sus aromas, quiere conquistarte. El 
egoísmo es la cosa sagrada por excelencia. Tú lo ca- 
lumniaste. Tus discípulos, filósofos, moralistas y dó- 
mines pedantes trataron a porfía de envilecerlo y con- 
denarlo, a pesar de que fuera él, y solo él, quien los 
hiciera vivir. Luego los airados sacerdotes del Oalileo 
le pusieron los cuernos del demonio mismo e hicieron 
del inocente el espíritu del mal y le dieron tormento 
en mil potros y lo quemaron en mil hogueras. Sin 
embargo el doctor siitilis siguió trabajando la pasta de 
las almas y aliándolas entre sí. Hé ahí el grande por- 
tento! Lo que une a las criaturas no es el amor, que 
sale del corazón, ni el interés, que se desprende del 
razonamiento, sino el afán de dominar, que brota del 
cuerpo entero. Créeme ¡oh, divino Apolo!, si alguna 
vez los hombres aciertan a ponerse de acuerdo y es- 
tablecer entre las repúblicas un equilibrio semejante al 
que existe entre los astros, no será por el amor, sino 
porque, como los astros, quieren atraerse para devo- 
rarse. 

— Sólo que de esa mutua y pérfida atracción — re- 
plicó el dios luminoso— resulta el equilibrio sideral. 
Tirando todos los astros para sí se mantienen a dis- 
tancia. El egoísmo, en la humanidad, es la mutua y 
pérfida atracción que, a fuerza de tanto tira y afloja, se 
resuelve en paz, fraternidad y amor. Primero reinó la 
discordia, después Eros. De la lucha de los sexos, por 
veces mortíferas, nace la vida; de la guerra de los 
obscuros instintos, tan cruel, las luces de la concien- 



APOLO Y DIONISOS 15 

cia; de la pugna feroz de las conciencias, la inteligen- 
cia de las almas. 

— Eso te prueba — interrumpió Dionisos — cuan sa- 
bia y clemente es la voluntad de Zeus, aunque a 
primera vista parezca, en ciertos casos, cruel y obtusa. 
Sí, a la larga puede que haya paz. . . la paz que im- 
pone el combate, la única que han conocido y cono- 
cerán el universo y el mundo. Pero el hombre, aun 
en medio de la paz, seguirá luchando siempre contra 
los otros o contra sí mismo; no olvides que su alma 
es pura tendencia a ocupar más espacio y que los 
instintos, sentimientos e ideas que la forman viven en 
perpetua lucha. Suprimir esa lucha es suprimir el alma. 
Tu propósito de concordia y civilidad a todo evento, 
me parece artificioso, pueril y, por añadidura, malsano 
para el vigor de la planta humana. Esta dará flores 
y frutos si hunde las raíces en la tierra y se alimenta 
de sus truculentos jugos, en caso contrario, no. Te lo 
digo con pena porque te veo en camino de cometer 
irreparables errores: el día que terminen todas las gue- 
rras terminarán todas las paces y será el reino de la 
muerte. Querrás tu eso, Apolo? Qué horror!... Yo 
amo la vida desbordante de fuerza y hermosura; la 
vida simple y profunda en el seno de la vivificante 
naturaleza; libre de reglas caprichosas, libre de nieta- 
físicos embelecos, limpia de momlina y sin más leyes 
que las inspiradas por la vida misma para acrisolar su 
propio imperio. La existencia fecunda y radiosa como 
en la aurora del mundo! Recuerda Apolo: donde yo 
ponía las plantas el suelo se cubría de flores y frutos; 



16 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

de las rocas que yo tocaba con mi tirso mágico bro- 
taban manantiales de vino, de leche y de miel. 

Y cogiendo la flauta de siete tubos la acercó a sus 
labios y arrancó los sones cariciosos que dilatan el 
corazón y se suben a la cabeza cual los vapores de un 
vino añejo. Y como a la voz de un conjuro la obs- 
cura tierra apareció ante los ojos de los olímpicos 
toda palpitante y enfervorizada por los cultos del riente 
dios. De los floridos bosques, sonorosos como arpas, 
salían, ya en ordenadas procesiones por nubiles cané- 
foras presididas, ya en gozosos tropeles los cortejos de 
Dionisos y Pan: las bacantes coronadas de hiedras y 
rosas; los sátiros de orejas puntiagudas y patas de ca- 
bra; las ninfas perseguidas por los traviesos faunos; 
los centauros piafadores y los silenos ventrudos, frené- 
tica muchedumbre que hacía sonar con báquico furor 
platillos y sistros, zamponas y tamboriles, pífanos y 
címbalos. Las riberas de los ríos se poblaron de nerei- 
das y ondinas, diseminadas en graciosos grupos; las 
montañas aparecieron florecidas de rústicos santuarios 
donde se sacrificaban chivos y toros y ofrendaban ca- 
nastos de frutas, tiernos quesos y vasijas de leche fres- 
ca; cubrían las praderas infinitas chozas, lozanas viñas, 
copiosos rebaños. Los labriegos cantando himnos al 
dios taumaturgo y a la próvida Demeter, pisaban la 
uva en los lagares; los pastores cubiertos sólo con una 
pelleja de cabra negra, conducían los ganados al blan- 
do son de la siringa agreste. Todo era gozo, armonía, 
belleza, esplendor; todo parecía vivir en íntima comu- 
nión con la naturaleza y que ésta le transfundiese a 



APOLO Y DÍONISOS 17 

todos los seres su voluntad de vivir y gozar, su sen- 
sualidad radiosa, su ardiente sangre negra. 

— Yo también — replicó Apolo después de algunos 
instantes de reflexión — quiero la vida desbordante de 
fuerza, hermosura... e inteligencia. Jamás desconocí, 
Dionisos, la magnitud de tu obra ni los bienes que 
a los hombres les hiciste. Tus combates fueron pro- 
digiosos, tus hazañas inolvidables, tus aventuras estu- 
pendas. Sin tí la lúcida voluntad de Zeus no hubiera 
prevalecido sobre las fuerzas desordenadas de los Ti- 
tanes, quienes colocando montañas, sobre montañas 
querían escalar los cielos. Cuando los dioses huyeron 
del campo de batalla aterrorizados a la súbita vista de 
Tifón, el descomunal gigante de cien cabezas, mitad 
hombre, mitad serpiente, tú, convertido en león, se- 
guiste guerreando junto a nuestro padre. Tu tirso mági- 
co, que también era lanza, hería y curaba. La huma- 
nidad te debe muchos goces y secretas embriagueces. 
Siempre te fué sumisa. Como a Erigona la seducías 
y como a las fieras de tu carro victorioso las hacías 
obedecer, no por la fuerza brutal, sino haciéndole sen- 
tir los vapores de tus mostos divinos. Tú libertabas a 
la tierra de las glaciales caricias del invierno y a las 
almas de los pesados grilletes del cuidado y la pena. 
De las frases chuscas cambiadas en tus procesiones y 
de los ditirambos compuestos por Lasos d'Hermione, 
Simonide y Bacchylide de Céos y cantados en tus 
fiestas, nacieron la comedia, el drama y la tragedia, 
mundos prodigiosos donde sin atribulaciones se vive 
más intensamente que en el mundo real. Como yo 



18 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

fuiste siempre un dios taumaturgo, un dios libertador 
y también un dios utilitario. Esto último parecerá más 
extraño y contradictorio en lo que a mí toca que en 
lo que a tí respecta. Muchos creyeron que yo era el 
desinterés, tú el egoísmo. Craso error! Nada hay más 
interesado que la inteligencia; es puro interés, una fa- 
cultad que se formó y vive adaptándose a la realidad 
para asimilarla; es pura gravitación sobre sí, un velo 
utilitario interpuesto por mí entre el hombre y el 
mundo. Los hombres no pueden divisar a éste sino 
al través de aquel maravilloso cortinaje, que no les 
permite ver los objetos como son, sino como conviene 
al interés del hombre sean. Sí, ambos nos mostramos 
siempre igualmente respetuosos de la utilidad y siem- 
pre la consideración de utilidad nos puso de acuerdo. 
Pero tus cultos con harta frecuencia degeneraban en 
charlatanismo sacrilego, lascivia, bestialidad y otros 
desórdenes abominables. Eso nos indisponía. Tu con- 
dición, un tanto licenciosa, te inclinaba a relajar las 
buenas costumbres que yo, con trabajo infinito, iba 
estableciendo. A pesar de ello nunca te quise mal, ni 
declaré la guerra abiertamente. Al contrario, sin que 
tú lo supieras te ayudé en muchas empresas y si al- 
guna vez me opuse a tus designios no fué para des- 
truirlos, sino para depurarlos y hacerlos concurrir a la 
obra del propio perfeccionamiento en que están em- 
peñados los hombres desde que abrieron los ojos a 
la luz. Ese ardiente anhelo los distingue y coloca por 
encima de los otros animales. Es una inclinación in- 
contrarrestable, una locura conmovedora, que a la pos- 



APOLO Y DIONISOS 19 

tre ha concluido por enternecerme y hacerme defender, 
como causa propia, la causa de los efímeros. Es la 
causa de la libertad. 

Rugando más el ceño argumentó el bello dios que 
criaron las ninfas con leche de cabra y destetaron 
luego con miel y zumo de uvas. 

— No observas, generoso e incauto Apolo, que esa 
causa es contraria a la nuestra y además un intento 
vano e insensato que acabará por llover males sin 
cuento sobre el mundo. La causa de la libertad, es 
decir, la desobediencia a los mandatos olímpicos!; el 
capricho contra el orden eterno!!; la justicia humana 
contra la justicia divina!!! Me haces sonreír! Cómo 
contrariar las leyes establecidas por los dioses? Cómo 
burlarse de éstos sin ser fulminados por las iras ce- 
lestes? Cómo oponer la voluntad del hombre a la 
voluntad del universo?; la norma del microscópico 
mundo a la norma del orbe inconmensurable?; la 
pueril y antojadiza razón del espíritu a la razón formi- 
dable de la Naturaleza? El espíritu, ¡valiente cosa! no 
ha hecho sino crear engañosos espejismos tras los cua- 
les, desatentada y loca, corre la doliente humanidad. 
Dejémonos de majaderías y embelecos. Los hombres 
nunca podrán gozar de otra libertad que la de cambiar 
de esclavitud; ni conocer otra verdad que la mentira 
saludable, el ideal útil que han menester para vivir y 
que los apetitos dictan y, en medio de todo, es gran 
suerte porque esa interesada conducta es la única pro- 
babilidad que les dejan los hados de acertar. Cuando 
piensan con todo el cuerpo dan en la tecla; cuando 



20 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

lo hacen con el cerebro solo desbarran. Sobre el haz 
de la tierra no hay criatura más propensa a engañarse 
que el hombre y tal acontece gracias a ese incierto 
fuego fatuo que lo guía y que él, ufano, llama la razón. 
¡Pobre razón!; los sentidos la traicionan a porfía; las 
pasiones y los instintos la ciegan; las esperanzas la en- 
loquecen y las ilusiones la fuerzan a vivir entre espe- 
jismos, fantasmas y espectros. ¡Quimérica existencia! 
Como en la maravillosa historia de los caballeros an- 
dantes, todo acontece en la atribulada vida del mortal 
por arte de encantamiento. Los ojos no ven lo que 
ven, ni los oídos escuchan lo que oyen, ni la razón 
juzga de las cosas imparcialmente, ni la voluntad hacia 
un punto determinado se encamina, sino que las des- 
aladas criaturas ven, oyen, piensan y quieren a la ma- 
nera de los sonámbulos, inducidas, no por las reali- 
dades sensibles y verdaderas, sino por los espejismos 
internos y mentirosos, cual si el mundo objetivo no 
existiese o existiera sólo para ser descompuesto por los 
jugos gástricos de los sentidos antes de ser asimilado 
por la inteligencia. Y así, armados de las refulgentes 
armas del engaño, con la bacía por casco, la celada de 
cartón, la lanza en ristre y transido el rocín ; confun- 
diendo siempre los molinos con los gigantes, los re- 
baños con los ejércitos y tomando siempre, siempre 
las toscas aldeanas por finas duquesas, andan los hom- 
bres tras la verdad, tras la ilusión vital, tras la men- 
tira saludable, que es su Dulcinea, que es su Aldonza 
Lorenzo. Y así también de extravío en extravío, de lo- 
cura en locura y de colmo en colmo, he aquí ¡oh. 



APOLO Y DÍONISOS 21 

dioses! lo que han llegado a pretender los seres ra- 
cionales en un sin razón tremenda: la libertad, en un 
mundo donde todo es sumisión, obediencia ciega y es- 
clavitud; la igualdad, donde todo es diferenciación y 
tiránica jerarquía; el derecho, donde todo derecho es 
la enseña insolente de una fuerza vencedora. Pero no 
es todo, aun quieren más todavía los efímeros; quie- 
ren la concordia, ellos que son pura guerra; quieren 
el desinterés, ellos que son puro egoísmo; quieren la 
dicha, ellas que son puro dolor. Y eres tú ¡oh, Apolo!, 
el dios de la armonía y la luz, quien apadrina tamaños 
dislates? El alimentar y encubrir las ilusiones y men- 
tirolas de los mortales no te habrán hecho iluso y em- 
bustero? No sin razón, a lo que veo, desconfié siempre 
de tus retóricas y metafísicas. Tus claridades deslum- 
hran más que iluminan. Lo que tú aseguras tiene no 
se qué de capcioso y falaz. Empiezo a explicarme por 
qué tus fieles, como Julián el Apóstata, mueren excla- 
mando: «¡Oh, Apolo! porqué me has mentido? Tú 
engañas y enseñas a mentir. Las vejigas infladas que, 
a guisa de linternas, pusiste por todos los caminos del 
mundo, formaron innúmeras generaciones de sofistas, 
charlatanes, ablandabrevas y bellas almas que, por darse 
pisto, apostrofan a Pan mientras le chupan la sangre. 
Yo los detesto por bajunos, trapaceros y bobos. Esos 
idealistas de chicha y nabo me apestan. La vida es rea- 
lidad y acción, no mentirola y ensueño. Quieres que 
reine en el Olimpo la majadería y el sonambulismo 
del mundo? Quieres que volvamos al caos? Quieres 
traernos otra vez la guerra de los Titanes a quienes sólo 



22 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

pudimos someter los dioses después de ardua lucha? 
Contempla aquel monte temeroso de la tierra : ellí en- 
cadenado purga Prometeo delitos semejantes a los que 
tú cometes. Cuida no te pase a tí lo mismo. Ofendes 
a Temis y al fin la cólera de Zeus estallará terrible. 
Riendo a carcajadas repuso el rutilante Febo: 
— Bien se echa de ver, hermano mío, que no obs- 
tante tu ingenio y travesura, eres un dios rústico, ajeno 
a las sutilezas de las ciudades. Hablas como hace me- 
dio millón de años, cuando el hombre, sin imaginación 
aún, obedecía a la ley natural y era un producto del 
suelo como la planta. Los tiempos han cambiado ra- 
dicalmente. El hombre ha roto muchas cadenas. Por 
otra parte, no te das cuenta de que si los efímeros aca- 
rician las locuras de que hablas, es porque los dioses, 
y tú entre ellos, lo han querido así, al darles, para 
hacerles acaso más soportable la amarga vida, esa fa- 
cultad encantada que, en medio de las realidades más 
espantosas y los dolores más crueles, sabe engendrar 
ilusiones y esperanzas... Los fuegos fatuos de mi es- 
píritu y el espíritu de tus mostos, sacaron al hombre 
por igual de sus naturales quicios. . . y lo hicieron el 
rey de la creación. Si son legítimas tus embriagueces, 
legítimos son mis espejismos. Es singular que quien 
realizó sus hazañas y conquistas a fuerza de prodigios 
desconozca la fuerza irresistible de la ilusión. Y qué 
es si no ilusión el teatro, la poesía y la mentalidad que 
supiste crear? Te lo repito: tú siempre fuistes un dios 
libertador, un dios taumaturgo, un maestro en fantas- 
magorías. Para libertar la costa de Beocia del mons- 



APOLO Y DIONISOS 2B 

truc Tritón que diezmaba los rebaños, no lo ultimaste 
a flechazos como yo a Pitón, sino que, hábil en he- 
chizos y arterías, pusiste una gran cuba de vino en la 
playa y presto el monstruo embriagado quedó a mer- 
ced de los pastores. Tus prodigios vencieron las he- 
chicerías de Buda; tus sátiros turbulentos a los ascetas 
silenciosos; tus bacantes gozadoras a las vírgenes miste- 
riosas. El tirso tuyo dejó tamañita la vara de los magos. 
Triunfabas por artes mágicas y bromeando infligías te- 
rribles castigos. Cuando los piratas tirrenos, ignorando 
que eras un dios, te aprisionaron al borde del mar y 
llevándote a bordo se hicieron a la vela desoyendo las 
advertencias del piloto, que sospechó tu naturaleza di- 
vina, tú no opusiste la menor resistencia al secuestro y 
luego te dejaste maniatar tranquilo y sonriente. Mien- 
tras la veloz nave rompía las olas, las ataduras se des- 
prendieron de tus manos y tus pies como si invisibles 
tijeras las cortasen; raudales de perfumado vino barren 
de súbito la cubierta; una maravillosa vid cargada de 
racimos brota del piso y sube hasta lo alto de las ve- 
las; una hiedra de sombrío follaje, toda florecida y cua- 
jada de variados frutos, se enrosca al mástil, asciende 
por él y lo cubre totalmente. Entonces, convertido en 
rugiente león, saltas sobre los piratas y haces que, me- 
dio locos de espanto, se arrojen al mar. Y bien, como 
tú y como yo el hombre ha sabido crear un mundo 
ilusorio. En él se recrea sin enojarnos; al contrario. 
A todos los dioses nos encantan y seducen las trave- 
suras y audacias del mortal. Es nuestro niño mimado, 
nuestro juguete y nuestro orgullo. En construir y mon- 



24 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

tar la complicada máquina de esa criatura estupenda, 
han agotado los dioses el espíritu inventivo y la fan- 
tasía creadora de que eran capaces. El dios de barro 
es la paradoja del Olimpo. Nada de extraño tiene, pues, 
que ahito de orgullo y consciente del poder que le 
hemos dado, se crea libre, desoiga a menudo los man- 
datos de la grande razón y se atenga a la suya. Por 
otra parte, esta desobediencia y petulante emancipación 
es más aparente que real. En el fondo, más que otra 
cualquier criatura acaso, el efímero acata la ley jupite- 
rina por excelencia, aquella que lo incita a combatir y 
dominar y lo restituye por ese arte al seno de la na- 
turaleza. Es lo importante, es lo esencial. Como todas 
las cosas del universo, animadas o inertes, materiales 
o espirituales, el hombre tiende a ocupar más espacio; 
tú lo has dicho y yo no tengo ningún empacho en 
confirmarlo; mas escucha bien: ese instinto de sobera- 
nía, gravitación sobre sí, deseo de poder, que todos es- 
tos pretenciosos motes y otros más le han puesto los 
filósofos a aquel esencial dinamismo, es tan fuerte y 
tan sutil a la vez en el alma humana, que para forti- 
ficarse, adueñarse de todo y osarlo todo, aun lo im- 
posible, se fabrica siempre el muy brujo la moral que 
conviene a sus designios, transformándose entonces, 
como el gusano en mariposa, de materia en espíritu, 
de sórdido egoísmo en altruismo generoso, de fiero 
instinto de dominación, que es cuando gusano, en dul- 
ce ilusión vital, que es cuando mariposa. He ahí el 
grande milagro y el grande misterio. 
Y desde que nació la ilusión maravillosa, venció 



APOLO Y DIONISOS 25 

a tu instinto y a mi razón y tomó el gobierno del 
mundo. Mas no por eso creas ¡oh, Dionisos! que el 
mundo es una casa de Orates y las aspiraciones humanas 
puras locuras. Los portentos de la civilización te prueban 
lo contrario. Seamos justos, seamos sobre todo, com- 
prensivos. Los dioses, ¡quién lo diría! se parecen a 
\os filisteos en que, no comprendiendo jamás, pecan 
por injustos siempre. No, no son locos de remate los 
que han sabido domar los elementos y cabalgar sobre 
ellos... La ilusión gobierna al mundo sabiamente, 
porque la ilusión es también hija del Olimpo y lleva 
en las entrañas el preñado de los dioses; es fuerza, 
energía, como dicen ahora los pedantes, soplo divino 
capaz de dar pábulo y norma a la acción fecunda y 
la realidad durable. Y la inteligencia tampoco es digna 
del desprecio con que injustamente pretendes afrentar- 
la. Tienes razón que te sobra cuando afirmas que el 
hombre es voluntad, no inteligencia. Mis filósofos de 
las escuelas de Jonia y Abdera, ya lo habían sospecha- 
do antes que tus discípulos lo dijeren y probaran. .. 
hasta el punto que se pueden probar esas cosas, re- 
beldes por naturaleza a entrar en los casilleros de las 
verdades matemáticas. No me duele ni enfada el con- 
fesarlo: la inteligencia es la mano de la voluntad, pero 
no eches en saco roto ¡oh, Dionisos! que ese órgano 
prensil sabe fabricar instrumentos que le roban a! cielo 
el fuego divino y lo colocan en el hogar de la familia 
humana. A su dulce calor, y esto es muy importante 
¡oh, dioses! como una planta de estufa nace la con- 
ciencia, un mundo libertado de la voluntad olímpica, 



26 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

y esa conciencia es el nido donde pone sus huevos 
milagrosos la grande ilusión del hombre. 

Y la ilusión también guerrea y manda. 

Del mismo y maravilloso modo que Palas Atenas, 
la de los ojos centellantes, brota de la testa de Zeus 
esgrimiendo la lanza y arrojando el grito de victoria 
que hizo estremecer a tierra y cielo, así el espíritu se 
desprende de la materia, la ilusión de la necesidad y 
aunque unidas a ellas por los lazos de la sangre las 
desobedecen a menudo y campan por sus respetos. 
La era humana comienza con la ilusión. Más que sa- 
ber fabricar instrumentos, lo que distingue al hombre 
de la bestia es saber fabricar ilusiones. Estas lo han 
hecho descender a todos los abismos y subir a todas 
las cumbres. Son las alas del alma. Gracias a la ilu- 
sión el mísero mortal olvida sus flaquezas y osa pa- 
rangonarse a los seres de esencia divina. 

— No conozco esa deidad milagrera, quién es? -- 
interrogó Zeus desde su refulgente trono de oro y 
marfil. 

— Es una encantadora criatura que los dioses hace 
tiempo han perdido de vista, pero que forma parte de 
nuestro cortejo y que hoy, acudiendo a tu llamado, 
está aquí presente. 

— Que se levante y hable — ordenó el Tonante. 

Y los ojos estupefactos de los inmortales vieron 
adelantarse a la bellísima Pandora y declarar con voz 
de una pastosidad y dulzura infinitas, cual si por la- 
bios tuviera una flauta y por boca un panal de miel. 

— Yo, Pandora, soy la deidad que los efímeros 



APOLO Y DIONISOS 27 

llaman Ilusión — y sonrió, y su sonrisa hizo dilatar de 
gozo el corazón de los dioses. 

— ¡Pandora, Pandora! — exclamaban admirados y 
jubilosos, y corrían hacia ella y la cubrían de apasio- 
nadísimos besos. La alegría de los inmortales llenaba 
el celeste alcázar de estruendosos clamores. Apolo reía 
como un niño; Hefaisto, viendo la perfección de su 
obra, lloraba de contento; las Horas y las Gracias, 
dirigidas por la resplandeciente Afrodita, danzaban 
como ebrias bacantes en torno a Pandora; Hermes la 
colmaba de elogios, y hasta la augusta Palas enterne- 
cida la estrechaba de cuando en cuando contra sus 
firmes y virginales pechos. Y la deliciosa criatura co- 
rrespondía con gracia inefable a los halagos de aque- 
llos mismos que, al enviarla Zeus a la tierra con un 
presente funesto para Prometeo, a quien quería casti- 
gar el padre olímpico por haberle hurtado la chispa 
divina y hecho peligroso don de ella a los hombres, 
la ornaron, al partir, de irresistibles hechizos y colma- 
ron a porfía de preciosos dones. Eunomia, Dike y la 
dulce Irene, las vírgenes de los pies sonrosados y 
ágiles, la cubrieron de flores printaneras, cuyos aromas 
embriagaban el sentido; las Gracias divinas, Aglaia la 
brillante, Eufrosina la del regocijado corazón, Talía la 
sonriente pusieron en el largo y flexible cuello de 
Pandora un fantástico collar de oro y piedras precio- 
sas, cuya vista desvanecía; Afrodita, maestra en el arte 
de seducir, la armó con las supremas virtudes de la 
belleza y las magias de las sonrisa, la actitud armo- 
niosa y el tocado voluptuoso; Hermes le concedió el 



28 diáloCtOS olímpicos 

don de persuadir o engañar por medio de las pala- 
bras dulces y suaves como caricias, y Zeus, por fin, 
dióle la caja fatal que contenía los males inherentes a 
la belleza y la seducción. 

De pronto éste lanzó una formidable carcajada, que 
hizo vibrar las elásticas paredes del palacio olímpico 
y exclamó: 

— Pero eres tu, la misma criatura enviada por mí a 
la tierra para esparcir los males que merecía la auda- 
cia del Titán; tu, Pandora, dechado de la seducción y 
la perversidad femeninas, la benéfica deidad de que 
nos habla Apolo? Bromea, acaso el dios luminoso. 

Los dioses tornaron a sus asientos mansamente como 
se retiran las olas de la curva playa al seno del mar; 
las áureas copas servidas por la juvenil Hebe y el ¡no- 
cente Ganimedes circularon de nuevo; reinó el silencio 
y Pandora habló así: 

— Sí, omnipotente, Zeus; Apolo dijo verdad: yo, 
Pandora, soy la alegría de los mortales, la sonrisa del 
mundo, la flor maravillosa de la vida. Cuando des- 
cendí a la tierra conducida por los veloces corceles de 
Palas y me presenté al precavido Prometeo, éste, te- 
miendo tu venganza, no quiso saber nada de mí ni 
del fatídico regalo que me ordenaste entregarle en 
castigo de su temeraria ambición; entonces acudí a su 
hermano Epimeteo, el cual, menos advertido, abrió la 
funesta caja y los males se diseminaron por el mísero 
globo, quedando únicamente en aquella, porque no 
pudo volar, la debilucha esperanza. Los efímeros, que 
vivían felices y descuidados, sin ensueños, ansias, ni 



APOLO Y DIONISOS 29 

fiebres ambiciosas, al conocerme conocieron ¡ay! tam- 
bién los deseos sin nombre, las inquietudes del alma, 
los dolores del pensamiento, las angustias del saber, 
los tormentos del orgullo, los martirios de la ilusión. 
Yo, apiadada de ellos y creyendo hacerles un bien, 
les llenaba los ojos de paradisíacas visiones que infa- 
liblemente se convertían en sórdidas realidades o fieros 
desencantos. En lugar de calmarlos mis capciosas pro- 
mesas los enardecía y enloquecía más. ¡Pobres cria- 
turas! Con mortales ansias buscaban los bienes, los 
tesoros ocultos, las tierras prometidas, los paraísos que 
yo les hacía imaginar sin punto de reposo y que ellos 
deseaban en seguida afiebradamente. Su deseo, exas- 
perado por múltiples y prolijas imaginaciones, que unas 
veces se llamaban cosmogonías, otras religiones, otras 
sistemas filosóficos, se plugo en espiritualizar y hacer 
amable la miseria del mundo y no tuvo límites; su 
osadía, espoleada por mil seductores espejismos, de- 
generó en furiosa locura; creyóse capaz de todas las 
conquistas y aspiró a todas. Cual si fueran víctimas 
de un extraño embrujo que los impulsara a transfor- 
mar tierra y cielo a compás del capricho, fueron dando 
los efímeros en la flor de concebir el mundo y con- 
cebirse ellos mismos, no como era aquél y eran ellos, 
que eso hubiera sido harto desencantador, sino como 
convenía a la delirante ambición humana que fueran 
para desear más y osar más. . . Así, a fin de acometer 
animosamente las descomunales aventuras de endere- 
zarles los entuertos a la naturaleza, enmendarle la 
plana a los dioses y otros empeños semejantes, el débil 



30 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

se creía fuerte, el tímido valeroso, el tonto listo, el 
efímero inmortal y todos osaban con más ardor; así 
también a fuerza de desearlo, tanto puede el deseo, la 
tiránica necesidad se les antojó pintiparada libertad, la 
arbitraria fuerza, legítimo derecho, la necesaria iniqui- 
dad, voluntaria justicia y todos también, a pesar de los 
cruentos desengaños que les acarreaba a cada poco 
tamaña tergiversación, seguían impertérritos adelante, 
porque yo, para consolarlos y darles nuevos bríos, 
tras cada derrota y cada desencanto, los arrancaba de 
las negruras del abatimiento metiéndoles en el alma 
las luces de la esperanza... Y sucedió una cosa es- 
tupenda, maravillosa: poco a poco las inquietudes tor- 
turantes, las ansiedades dolorosas, las angustias mortales 
y todas las penas y todas las tristezas del ser humano 
empezaron a teñirse de esperanza, a tomar las formas 
seductoras de la esperanza, a rematar en esperanza 
hasta que en esperanza monda y lironda se convirtie- 
ron. Y los efímeros dejaron de sufrir, porque sufrir 
por lo que se quiere y considera un bien, no es sufrir; 
hiciéronse sonámbulos para quienes el mundo era sólo 
la prolongación de sí mismos y su existencia fué. desde 
entonces, un prodigioso y perpetuo encantamiento que 
los hizo insensibles a las miserias de la realidad. Uno 
tras otro los males, desnaturalizados y como despro- 
vistos de sus terribles virtudes, lobos sin colmillos 
ni afiladas uñas, fueron entrando sumisamente en mi 
caja. Y por eso ¡oh padre! en este solemne día puedo 
devolvértela, como me la diste: con todos los males 
dentro... pero, al revés de antes, sólo queda fuera, 



APOLO Y DIONISOS 31 

sólo queda en el mundo la esperanza, una esperanza 
robustecida y agigantada por el dolor infinito del 
hombre . . . 

Y haciéndole a Zeus una graciosa reverencia y po- 
niéndose luego de rodillas, le entregó la caja fatal. 

— ¡Pandora, oh, Pandora, deliciosa criatura! — ex- 
clamaban los dioses regocijados. 

— Sí, deliciosa criatura! — confirmó Apolo una vez 
restablecido el silencio. — Quién puede resistir a la 
magia de sus encantos! Ella sola hizo por los mortales 
más que todos los dioses juntos. Ella convirtió la ene- 
miga realidad en vital ilusión, los males en esperanzas. 
¡Qué prodigio! Guiados por ella, enfervorizados por 
sus seducciones, embrujados por sus hechizos, afaná- 
ronse los hombres en divinizar las energías madres, 
en espiritualizar la tosca materia, en humanizar la torpe 
y hosca animalidad. Desde que Pandora bajó a la 
tierra y gracias a los sortilegios que empleó para ha- 
cerles olvidar a los efímeros su miserable condición, 
el hombre se hizo un animal metafísico y vive luchan- 
do heroicamente por escapar al yugo de la ley natural 
y vivir según su ley. 

— Pero siempre fué vencido — objetó Dionisos so- 
carronamente. — Admiro tanto como tú los encantos 
de Pandora; no tienen rivales en el universo. Sus pro- 
digios fueron superiores a los tuyos y a los míos, lo 
reconozco, pero no hay que llamarse a engaño ni que 
forjarse sobradas ilusiones sobre la influencia que pue- 
den tener en el pleito dd mortal con el cosmos. A los 
inmortales no nos hace daño la verdad. Y la verdad 



32 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

es que hasta el presente la voluntad de la naturaleza, 
descubierta o enmascarada, ha imperado sola lo mismo 
en la tierra que en el cielo. Las religiones, las filoso- 
fías, las morales, si bien se mira, son trasuntos y di- 
fraces de aquella voluntad a la vez formidable y sutil. 
No has observado, Apolo, que las ideologías de cada 
hombre y cada pueblo se transforman a medida que 
lo piden las necesidades y que siempre se ponen al 
diapasón de los apetitos, cual si por único objeto tu- 
vieran el acatarlos y servirlos? Y no te dice nada tan 
cortesano proceder? Dejémonos una vez por todas de 
engañifas y tapujos. Los pueblos se fabrican fatalmente 
los dioses que les convienen y cuando, por extraña 
aberración, no lo hacen así, desdichados de ellos. La 
necesidad es la grande antesala del pensamiento; la 
ilusión, la fantasía del apetito. Cada vez que el espí- 
ritu cantó su triunfo sobre la materia, un examen es- 
crupuloso demostraba infaliblemente que aquel era una 
simple prolongación de ésta. 

— Pero no es menos cierto — observó sin alterarse 
el dios luminoso — que el espíritu, hijo rebelde y en 
traza de osarlo todo, sigue sin bajar cerviz frente a la 
madre imperiosa. El ha sabido apoderarse de muchas 
potencias obscuras y ponerlas a su servicio; él le ha 
arrancado a la naturaleza terribles secretos que ahora 
esgrime contra ella; sus inagotables artificios le ense- 
ñaron a parar los rayos de Zeus y hacer inofensivas 
las petrificantes miradas de Medusa; proscripto de la 
tierra se refugia en el cielo; perseguido por las iras 
celestes se encastilla y vive conspirando en el alcázar 



APOLO Y DIONÍSOS 33 

interior, a cuya puerta velan dos guardianes de espa- 
ílas flamígeras: la Ilusión y la Esperanza. 

Acabará el espíritu, acabará Prometeo al fin, por 
aceptar humildemente la ley olímpica y poner su amo- 
roso corazón al unísono del duro corazón del universo 
o seguirá ofreciendo los rotos hígados al corvo pico 
del águila mientras en la mente acaricia la temeraria 
ambición de vencer a los dioses? Es aquello probable 
después de haber resistido miles de años al tormento 
sin claudicar y ser, por su bravura, digno del perdón 
y el aplauso de Zeus? Cabe lo ultimo si los dioses no 
lo quieren? 

— Pero Apolo de mis pecados; cómo podrán los 
dioses quererlo? Cómo podrán los dioses dejarse 
vencer ? 

— Los padres se sacrifican por los hijos. . . y cuando 
no lo hacen, los hijos los sacrifican. Recuerda el ejem- 
plo de nuestros antepasados. Urano, aburrido quizá 
de engendrar monstruos o temeroso de ellos, quiso 
detener el curso de la creación. A medida que le na- 
cían hijos los iba enterrando en los abismos del Tár- 
taro. Ge, indignada, arma a Cronos contra el cruel 
padre. Cronos vacila al principio, después se decide 
y aprovechando el momento en que Urano, solicitado 
por las pérfidas caricias de su esposa, iba a entregarse 
a las dulzuras del amor, lo ataca furiosamente, lo castra 
sin piedad de un fiero golpe de hoz y arroja los des- 
pojos viriles al mar. En torno a ellos se forma un 
leve círculo de espuma y de esa espuma nace Afrodita. 
i Oh, portento profundo!: el último vastago de la vi- 



34 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

rilidad creadora es la belleza eterna. . . Luego, Cronos 
comete idénticos crímenes que Urano: apenas nacidos 
engulle a sus hijos. Rea salva al último, Zeus, dándole 
a Cronos en vez del hijo destinado a morir, una enor- 
me piedra oculta en los pañales del recién nacido. 
Nuestro abuelo la tragó sin sospechar el engaño y Zeus 
se cría alimentado por las abejas, las cabras, las palo- 
mas y las águilas. Y una vez en posesión de todas 
sus fuerzas, aprisionó y destronó a Cronos con la 
ayuda precisamente de Prometeo. Y bien, si el rey 
del Olimpo cometiera los mismos crímenes que Urano 
y Cronos los purgaría igualmente. Y quizá fuera el 
Titán su sucesor. Pero éste no pretende, por ahora al 
menos, destronarnos del Olimpo, sino del mundo o, 
mejor dicho, pretende que le demos amplios poderes 
para manejarlo a su antojo. Por qué no habríamos 
de permitírselo?, qué perdemos? Por otra parte, quien 
sufrió sin ceder tantos dolores y osa aún tamaña aven- 
tura no puede sino triunfar. En todo caso la divina 
locura del Titán encadenado por mandato de Zeus, es 
el sueño color de rosa de la humanidad, lo que ésta 
quiere contra viento y marea, lo que ansia con fatigas 
de muerte. ¡Escapar a la ley de la naturaleza y vivir 
según su ley!: he ahí la grande ilusión y la grande 
esperanza del efímero. Esa conmovedora locura, ese 
místico anhelo de substraer el alma a las inexorables 
leyes que rigen lo creado y constituir el gobierno de 
una equidad caprichosa y pueril, la justicia del hom- 
bre, allí mismo donde reina la injusticia necesaria y 
formidable del cosmos, es paradojal y nimio y a la 



APOLO Y DIONISOS 35 

vez trágico y sublime porque aquel maltrecho, aunque 
no vencido empeño, constituye, en substancia, la cosa 
humana por excelencia: la rebelión del mísero primate 
contra el orden del universo. La civilización, el pro- 
greso, la inquietud humana, la historia del mundo 
toda, material y espiritual, viene de ahí. 

— Y puede triunfar y sería bueno que triunfase una 
rebelión del efímero contra los dioses? No sería eso 
desquiciar el orden establecido por nosotros? Yo 
también fomenté algunas revoluciones en materia de 
cultos, usos y costumbres; puse ante los ojos del 
hombre toda suerte de espectáculos imaginarios y creé 
para su recreo, mil paraísos artificiales, pero en lo 
esencial, en la obediencia a los mandamientos de Te- 
mis, siempre fui de una perfecta ortodoxia. No creo 
que nada pueda existir fuera de ellos, menos aun en 
contra de ellos. No piensas tú lo mismo? 

— Lo que sucede está en las previsiones de Zeus 
— respondió Apolo reposadamente. — Por lo demás 
la historia de la creación, rica en episodios dramáti- 
cos, registra otras rebeliones que salieron vencedoras, 
asegurándoles a los revolucionarios una existencia 
menos esclava de la fatalidad. Tal lo que podría 
llamarse la insiibordi nación del vertebrado, acaecida 
en el remoto escenario marino, cristalina y salada 
cuna de todas las especies. ¡Prodigiosa aventura! Al 
disminuir con el enfriamiento progresivo del globo 
la temperatura del medio vital, indispensable al pro- 
greso de los organismos existentes, la mayoría de 
éstos, para vivir, aunque declinando a medida que la 



36 ■ DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

temjDeratura declinaba, aceptaron humildemente la 
opresión exterior y se hicieron siervos sumisos de ella. 
Pero el vertebrado se insubordina, rehusa ponerse al 
diapasón del ambiente que lo constriñe a someterse 
o correr el riesgo de morir; no acepta la ley impla- 
cable que lo condena a enfriarse y descender; lucha, 
se repliega sobre sí, reconcentra sus fuerzas, hace un 
esfuerzo supremo y por artes milagrosas crea la in- 
creíble, la estupenda, la maravillosa facultad de produ- 
cir calor, de mantener dentro de sí las condiciones 
térmicas primitivas y óptimas que le son favorables 
para vivir y prosperar, y así asciende por la escala 
zoológica arriba, hacia formas cada vez más compli- 
cadas y perfectas de la animalidad, mientras las espe- 
cies sometidas se estancan en su evolución ascendente 
o retroceden hacia las modalidades más inferiores de 
la vida. 

El mamífero metafísico le ha hecho a la creación 
una jugarreta parecida e igualmente trascendental. A 
fin de romper el círculo mágico de la ley natural, 
del que no pueden salir los seres ni las cosas; a fin 
de libertarse de las tiranías de la materia, que no lo 
deja despojarse de la vestidura animal y satisfacer sus 
ansias de escalar los cielos, el hombre le arroja el 
guante al destino, se declara señor de pendón y cal- 
dera, se encastilla en el alma, eleva sus fibres y crea 
artificiosamente, dentro de sí también, la temperatura 
moral que producirá luego el portento de una justi- 
ciu propia, el prodigio de una conciencia, el milagro 
de un mundo donde no manda la cruel voluntad del 



APOLO Y DÍONIS08 ?u 

universo y donde el primate libertado campa por sus 
respetos y vive como un rey en su reino. Y como 
el vertebrado, protegido por su temperatura, subió 
hasta el hombre, éste, haciendo escudo de su con- 
ciencia, asciende hasta los seres de esencia divina y se 
dispone a enseñorearse del Olimpo. 

Un clamoreo en el que se confundían exclamacio- 
nes de admiración y gritos de protesta resonó en el 
palacio azul. Todos los dioses se agitaban y habla- 
ban a la vez. Sólo la augusta Palas y la púdica Ar- 
temis permanecían silenciosas y quietas, la primera 
apoyada en la lanza de oro, la segunda en el arco 
de plata. Apolo contestaba a unos y a otros erguido 
en medio de la alborotada asamblea como un majes- 
tuoso cedro desafiando el huracán. 

Jove rugó el terrible ceño, donde se amasan las 
tormentas, y los dioses sumisos guardaron silencio, 
cual callan y entran en sus casillas a la voz imperiosa 
del amo, los perros ladradores. 

Restablecido el orden interrogó Dionisos: 

— Puede Zeus permitir una enormidad semejante? 
Apolo miró a Zeus, éste sonrió y entonces dijo el 

liróforo celeste: 

— Por qué no, si el hombre lo merece? Cuántas 
bellas mortales, en recuerdo de sus amores, pusieron 
los dioses en el cielo? El mismo Jove, convertido 
en águila, no transportó al Olimpo al inocente Ga- 
minedes? Las Horas no corrieron el cortinaje de 
nubes del portón olímpico para darle libre paso a 
Heracles? No está en el ánimo de nuestro padre 



38 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

torcer el curso de las cosas. La civilización es un 
estado contra naturaleza y Zeus lo ha permitido. Y, 
en suma, la civilización qué es sino precisamente la 
cifra y compendio de todo lo que el hombre, ayu- 
dado por los dioses propicios y sobre todo por Pan- 
dora, ha heclio para salir de la animalidad y estable- 
cer en el mundo el reino de la justicia humana? La 
guerra terrible que aflige a los efímeros y que los 
dioses presenciamos con horror, se me antoja sólo 
una crisis aguda, un pódromo de la lucha secular y 
perenne de aquel designio liícido contra las fuerzas 
ciegas. 

Y reforzando la voz prosiguió : 

— Pueden creérmelo los dioses: el gran espectáculo 
que contemplamos sin decidirnos a tomar partido, 
con ser tan grande, no es, en realidad, el que ofrece 
a nuestros ojos atónitos el tumulto de las armas y el 
fragor de la batalla; otra lucha más encarnizada, mor- 
tífera y colosal, aunque menos visible, se desarrolla 
en un campo de honor que tiene por límites la his- 
toria del mundo y los ámbitos de la conciencia uni- 
versal. En ella intervienen no sólo los ejércitos, sino 
los dioses, santos y héroes de las naciones beligeran- 
tes; la virtud anímica del pasado y del presente de 
muchos pueblos; lo que obraron, pensaron y sintie- 
ron innúmeras generaciones desde la noche remota 
en que nacieron, y toda esa inconmensurable substan- 
cia prisionera y concertada en el instinto de sobera- 
nía del galo y del germano, que son las dos prime- 
ras partes en la tragedia europea, por ser las dos 



APOLO Y DÍ0N1S08 30 

almas que condensan más nítida y acabadamente, una 
el imperialismo de los apetitos, la otra el imperialis- 
mo de las ideas. 

Y de industria digo instinto de soberanía porque 
yo se también como tú, Dionisos, que no hay activi- 
dad que no sea esfuerzo y combate, ya que la ten- 
dencia a ocupar más espacio, es el ánima no sólo de 
los individuos y las naciones, sino de la vida misma. 
No se me oculta que todo organismo fisiológico o 
político es una gravitación sobre sí, un egoísmo que 
se defiende y que ataca. Preciso es confesarlo: las 
naciones son egoístas, interesadas, imperialistas y es 
saludable que, en cierta manera y proporción, lo sean 
para el progreso del mundo. Un pueblo sin instinto 
de dominio sería como un cuerpo sin alma; del mis- 
mo modo que el instinto de dominio sin atemperante 
alguno racional, les daría a los pueblos almas de 
fieras y las pondría fuera de la humanidad. Pero cuál 
será aquella manera y proporción? En otros térmi- 
nos, cómo robustecer el egoísmo invasor, que reclama 
la existencia y el progreso de cada quisque, con el 
egoísmo igualmente acaparante y necesario de los de- 
más?; cómo conciliar la vital tendencia a ocupar más 
espacio de cada pueblo con el respeto de las fronte- 
ras que la confina y condena a morir?; cómo poner 
de acuerdo la virfú o el deseo de poder de cada in- 
dividuo, que lo incita a obrar en el sentido del bien 
propio, con las reglas de la razón que lo desarma en 
beneficio de la colectividad? No parecerá ésta al fin 
si se desvirtúan los elementos que la componen? 



4'» DIÁLOGOS olímpicos 

¡Arduos problemas! Francia trató de resolverlos po- 
niéndose resueltamente del lado de la razón; Alema- 
nia hizo lo propio quebrando lanzas por la ley de 
ía fuerza. El eterno encono del espíritu y la materia, 
de las potencias de la luz y las potencias de las tinie- 
blas, revive, se encarna y alquitara en aquellas dos na- 
ciones. Y yo me pregunto ¡oh, dioses! temblando, 
qué debe perecer y qué debe perdurar de la pulida 
civilización que hicimos florecer en la Helada y el 
Lacio y de la cual es heredera legítima la gloriosa 
Francia? Qué puede salvarse de la ruda Kultur sa- 
lida de los bosques germanos, acicalada por los pro- 
fesores alemanes y armada de refulgentes armas por 
deidades que nunca habitaron el Empíreo? 

— Ni aun a los dioses nos es dado saberlo — afirmó 
Dionisos con cierto dejo de tristeza.— Lo único que 
sabemos es que la suerte está echada y que otra vez, 
triste será para tí el confesarlo, el juicio de Dios va 
a establecer la razón suprema de los pueblos a la exis- 
tencia y el dominio. Eso debe hacerte reflexionar, Apo- 
lo. Como antaño las fuerzas de las armas resulta el 
argumento más elocuente de las flamantes civilizacio- 
nes. A pesar del Templo de la Paz y las doctrinas de 
los idealistas, veinte y tres naciones se han ido a las 
greñas empleando para destruirse en aire, tierra y mar, 
una sabia y prolija imaginación, servida por máquinas 
de guerra y aparatos de venganza que dejan tamañi- 
tos los artificios del ingenioso Satán. Y yo, aunque 
no muy inclinado a filosofar, me pregunto: porqué? 
Será acaso que las crisis belicosas obedecen a alguna 



APOLO Y OíONlSOS 41 

de esas leyes, crueles en apariencia, saludables en el 
fondo, que dicta nuestro padre y de la que ya tuvieron 
barruntos, Heráclito y Calicles en Grecia; Lucrecio 
en Roma; Mandevil, Darwin y Carlysle en Ingla- 
terra; Pascal, Helvacio y Qobineau en Francia; Gra- 
cián en España; Petrarca en Italia; Hegel, Mommsen, 
Treitschke y mil otros más en Alemania? Las eternas 
luchas de los hombres por los bienes y privanzas del 
mundo tienen que resolverse fatalmente por el fuego 
y por el hierro como pretenden mesurados y trucu- 
lentos a una los filósofos, historiadores y sabios del 
Imperio? Tu tan cacareada razón, guía a la humani- 
dad o son los instintos de dominio, el interés, el amor 
propio, los secretos resortes que la impulsan, según 
afirman La Rochefacauld, Hobbes y Nietzsche? El 
mundo es el mundo de la inteligencia, como los idea- 
listas aseguran o el de la voluntad, como quieren 
Schopenhauer y Guyau? Las ideas dan pie y margen 
a los hechos o son los hechos los que tiránicamente 
dictan las ideas? El derecho es independiente de la 
necesidad o, lo que es idéntico, de la fuerza o sólo 
un legado o una máscara de ella? La fuerza, en con- 
clusión, es para los mortales un elemento divino o un 
elemento diabólico? 

Dionisos, después de algunos instantes de glacial 
silencio, agregó : 

— He ahí las temerosas interrogaciones que apare- 
cen en los horizontes morales del mundo. Nadie sabe 
allá abajo a ciencia cierta, si es más provechoso para 
el vigor y la excelsitud de la humanidad que reine 



42 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

en ella francamente la despiadada y a la vez fecunda 
voluntad de la naturaleza, que mata, pero que matando 
vigoriza, vivifica y crea, o la artificiosa y sutil volun- 
tad de conciencia, que lucha por libertarse de las tiranías 
de aquélla refugiándose en las fortalezas del espíritu 
y el alma. Las dos tesis tienen ardientes panegiristas 
y acérrimos detractores, pero los que sostienen lo pri- 
mero son, a mi entender, los mejor inspirados. La 
esencia de la condición humana, como la esencia de 
todas las cosas de tejas arriba o de tejas abajo, ase- 
guran y en eso aciertan de medio a medio, es la lucha 
y el dominio; las almas, los corazones, los espíritus 
son tanto más nobles cuanto más belicosos, es decir, 
cuanto más desean extenderse e imperar; los hombres 
superiores son los que llevan en la frente el signo lu- 
minoso de la voluntad; los pueblos fuertes son los 
elegidos por Zeus para perpetuar entre los otros las 
leyes divinas y, en consecuencia, declaran justas las 
conquistas militares, eternos los derechos de la fuerza, 
no por ser la fuerza, sino por ser la razón universal, 
y sólo saludables para el mundo las realidades mora- 
les a que el triunfo legítimo y provechoso de los fuer- 
tes sobre los débiles, da nacimiento y vida. No te 
parece a tí, Apolo, que hay mucha verdad en todo eso? 
— Indudablemente, pero no es toda la verdad. Tam- 
bién aciertan los que creen todo lo contrario. Para 
éstos la ley, no de la naturaleza, potencia obscura que 
urge combatir, sino del espíritu, que apremia robus- 
tecer, es el amor y la piedad; la salud y la fuerza del 
mundo, la concordia de los hombres; el bien de la 



APOLO Y DJONÍSOS 43 

especie humana, el reino de la Libertad, la Justicia y 
el Derecho. Son dos concepciones que responden a 
dos antagónicos temperamentos, a dos aspiraciones 
divergentes, a dos opuestas culturas. 

— Germania — declaró Dionisos — representa la ten- 
dencia aristocrática, el naturalismo político, el darwi- 
nismo social y en eso me place. 

— Lutecia la tendencia niveladora, el racionalismo, 
el ideal humanitario — expuso Apolo. 

— Por las mil bocas de sus profesores, Germania 
dice: «el derecho, la libertad, la justicia, siempre han 
sido el legado de la fuerza triunfante y ésta la forma 
perenne de la voluntad divina; los grupos dominantes 
crean e imponen por la fuerza primero, por el dere- 
cho después, las tablas de valores morales que gobier- 
nan los pueblos; la crueldad es más noble y generosa 
que la piedad porque sacrifica el presente al porvenir, 
el hombre al superhombre, el individuo a la especie. 
La inteligencia es sólo la mano obediente de la vo- 
luntad, el alma una sirviente sumisa de la vida, el bien 
una forma amable del egoísmo. Dios está siempre de 
parte de los ejércitos más poderosos y los ejércitos 
más poderosos ponen, siempre en el trono a! verda- 
dero Dios. Y concluye no sin alguna razón: «El 
Dios germánico es el único verdadero y el Kaiser su 
profeta». 

— Lutecia, por las inmemorables bocas de sus pen- 
sadores, artistas y vates, replica; — aseveró Apolo — « la 
justicia no existe en la tierra ni en el cielo, pero tiene 
un altar en el alma humana; reconozco la voluntad de 



44 DIALOííOS OLÍMPICOS 

la naturaleza, pero en las cosas humanas no la acepto 
y erijo frente a ella la voluntad de conciencia; el fin 
de la civilización no es el hombre superior, sino la 
dicha común y la superioridad de todos los hombres; 
más alta virtud que la fuerza es la gracia; más noble 
don que el pensar el sentir; más fuertes los derechos 
del hombre que los derechos del más fuerte. Todas 
las religiones son legítimas y los dioses de todos los 
pueblos verdaderos ». Y bien, concretando en una sola 
expresión el residuo último, la quinta esencia, el subs- 
tratum, por decirlo todo, de una y otra concepción de 
la vida, podría grabarse en el pendón marcial de Qerma- 
nia este lema: Fuerza, en el estandarte guerrero de Lute- 
cia esta mágica palabra: Justicia. La lucha de la Fuerza 
y la Justicia, vale decir, de la ley del cosmos y la ley 
del hombre, es la historia del mundo. Por eso dije 
antes que en esta guerra no se trata de otra cosa sino del 
viejo pleito y la sempiterna lucha entre la razón univer- 
sal, que es fuerza, y la razón humana, que es justicia. 
— Pero ¿qué es la justicia misma sino una forma 
de la fuerza? ¿Has visto tú, Apolo, no ya entre los 
mortales, sino entre los dioses mismos que impere al- 
guna vez la justicia del vencido? El código del ven- 
cedor: he ahí la justicia. Esta muda de ropaje y hasta 
de sexo con harta frecuencia; unas veces va bien en- 
galanada, otras en harapos; ya es macho, ya hembra, 
pero nunca deja de ser hija de su madre ni de mostrar 
los colmillos y las zarpas. ¿Por qué tienes por más 
noble y legítima la justicia que la fuerza si son los 
mismos perros con diferentes collares? 



APOLO Y DIONLSOS 45 

Apolo respondió sin turbarse: 

— Existe una razón esencial, Dionisos: la justicia va 
ungida por la grande esperanza humana, la fuerza no. 

— Hum! palabras, palabras... En resumidas cuen- 
tas, Lutecia, se pone de parte de la pequeña razón, 
quiero decir, de parte del hombre contra Zeus. No te 
parece insensata temeridad? Te confesaré, a fin de que 
no interpretes mal mis palabras e intenciones, que yo 
no tengo mayor simpatía por Qermania; a pesar del 
culto ostentoso que me rinde siento que no me ama 
sino pedagógicamente. Tú sabes que las pedagogas y 
las latiniparlas me apestan. Por otra parte la encuentro 
desabrida, sosa, lela e insoportablemente pedante. Las 
cualidades que sería injusto negarle, no llegan nunca 
a convertirse en atractivos; no llegan nunca a esa ar- 
moniosa fusión de la gracia y la fuerza en que estriba 
el encanto de Artemis cuando dispara sus flechas. Pero 
en esta emergencia se me ocurre que Qermania obra 
con grande cautela y discernimiento acatando la ley 
olímpica. Su imperialismo, aunque despiadado y brutal, 
hunde las raíces en tierra firme y rica. Si toda acti- 
vidad, bien considerada, es puro combate, como Job 
ya lo dijo en la tierra hace miles de años, y sólo por 
el combate, como nosotros sabemos, se establecen las 
eternas jerarquías de los elementos, los seres y las cosas, 
la nación que mejor batalle en las múltiples palestras 
de la actividad humana, será la más fuerte, la más no- 
ble, la más fecunda para el mundo y la que, por ley 
natural, impondrá sus leyes y constituirá los imperios 
más durables de la idea o la espada. Los hechos lo 



46 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

prueban. La historia y además el saber que sale de los 
laboratorios, libre de supersticiones y limpio de mo- 
mlina, autorizan a proclamar los derechos primigenios 
de la fuerza; la legitimidad de las conquistas a mano 
armada; la organización marcial de las ciencias, artes 
e industrias; los evangelios políticos de Federico el 
Grande y Bismarck y hasta las atrocidades de Lovaina. 
Qué derecho no es fuerza? Qué legitimidad no es una 
violencia? Qué organización no es un plan de ataque? 
Qué evangelio no es un código militar? Qué atroci- 
dad no es justa si ha podido cometerse y Zeus no la 
castiga? Considerando el espectáculo del universo y el 
mundo, Qermania puede aseverar que sólo las divinas 
jerarquías que establece en todo órdenes de cosas la 
fuerza, virtud de convertir los designios en realidades, 
son legítimas y eternas. No es digno de nosotros, Apo- 
lo, el gargarizamos con palabras huecas y frases cam- 
panudas. Las fuerzas de las ideas, tan encareadas por 
tus prosélitos, es un mito cuando las ideas no son la 
expresión de la fuerza; el derecho, sin fuerza real para 
sustentarlo, es un contrasentido, una negación, una no- 
nada. Si Lutecia vence a Germania no será por el de- 
recho, sino porque a la fuerza de Germania sabrá 
oponer otra fuerza mayor. Te lo repito: el código del 
vencedor, he ahí la justicia. Por lo demás la vida que 
es lucha y expansión, sólo acepta las verdades que 
la ponen de acuerdo con las leyes del universo, que 
también son expansión y lucha. Y es el criterio de esa 
señora el que resuelve a la postre los litigios de los 
pueblos. Lo más vital vence siempre. 



APOLO Y DIONISOS Ai 

— Ya he dicho — objetó Apolo con viveza — cómo 
del odio nace el amor, de la discordia la armonía. Sí, 
la vida sólo acepta las verdades que la ponen de acuer- 
do con las leyes fundamentales del universo; pero, por 
otra parte, ella crea y dicta las verdades humanas, en- 
tiéndelo bien, Dionisos, las verdades humanas que le 
convienen aunque sean, desde el punto de vista cien- 
tífico o real, puras fantasmagorías; desecha las verda- 
des que no la sirven, aunque sean muy verdaderas y, 
siguiendo sus misteriosos designios, les pone a las co- 
sas las etiquetas del Bien y el Mal. Y tal acontece por- 
que la vida, como el amor, tiene razones que la razón 
no conoce. Más que de verdades lógicas, se alimenta 
de ilusiones vitales. Y entre éstas, la más poderosa, la 
más fecunda es la de establecer el reino de la equidad 
y la dicha, en el imperio de la injusticia y el dolor. 
Esa es la grande esperanza humana y eso lo que hizo 
nacer y hace vivir a la humanidad. Lo repito: la era 
de la humanidad comienza con aquella esperanza y en 
ella radica la grandeza de la humanidad. Lo que se 
muestra adverso al sueno radioso por el que sin tre- 
gua bregaron y sufrieron los hombres desde que fue- 
ron hombres, resulta siempre anti-humano, porque lo 
humano por excelencia es aquel ensueño; lo que va 
contra el temerario intento de oponer a la ciega y des- 
piadada voluntad del cosmos, la inteligente y piadosa 
voluntad del hombre, no puede ser sino traición, por- 
que el hombre es un puro egoísmo... que remata, 
por tácito convenio, en pura sed de justicia; lo que 
tiende a empecer o destruir la ilusión que gobierna al 



48 DIÁLOGOS olímpicos 

muiído y acarician los hombres como el más grande 
bien, no cabe que sea sino crimen de lesa humanidad, 
porque la tal ilusión, ¡cosa extraña! es lo único que 
le da sentido y significado a la vida, la cual, en sí, no 
tiene significado ni explicación, y lo único también que 
legitima las pretensiones del ideal superior y los pos- 
tulados de la conciencia que lo autorizan, insostenibles 
como verdades lógicas, verdaderos y saludables como 
ilusiones voluntarias. 

En no haberlo reconocido a su tiempo, estriba el 
error, el colosal error de la cultura alemana; cultura 
sin fineza crítica ni sales de humanismo; sin fermen- 
tos caballerescos ni levadura de amor, que arrancando 
de la torpe glorificación del hecho, en que viene a pa- 
rar macarrónicamente el fachendoso idealismo de Kan 
y Hegel y pasando por las teorías de los sabios, filó- 
sofos e historiadores alemanes, desde Fichte y Momm- 
sen hasta Treitschke y Ostwald remata, haciendo caso 
omiso de la ilusión universal, en el pangermanismo y 
las insanas doctrinas de los escritores militares de la 
escuela de Bernhardi. ¡Dominar, poseer! Este fervor 
belicoso y ansia acaparante del imperio germánico, se 
ha dicho que es la sistemática obra de las universida- 
des alemanas, y el aserto resulta verídico si se agrega 
que esas universidades han sido concitadas y constre- 
ñidas a ello por las propensiones naturales y las nece- 
sidades orgánicas de la nación. La inteligencia germa- 
na no ha hecho otra cosa que servir, acaso un poco 
bajamente, el deseo de poder alemán. Servir la volun- 
tad, con discernimiento de lo humano, he ahí la sana 



APOLO Y DIONISOS 49 

función de la inteligencia en cada hombre y en cada 
pueblo. Pero es el caso que el deseo de poder alemán 
no era sino el deseo de poder del feudalismo prusiano 
en que se reabsorbió la voluntad de la Alemania del 
imperativo categórico, hs grechens y los claros de luna 
al constituirse el imperio. Y el feudalismo prusiano no 
comulgó jamás con las grandes esperanzas de concor- 
dia y dicha común; de libertad, espiritualidad y uni- 
versalidad, en suma, que son así como el delicado 
tuétano del latinismo; nunca fué democrático ni paci- 
fista; nunca aceptó, sino de dientes para afuera, los 
principios de la Grande Revolución, que en mayor o 
menor dosis, circulan en todos los organismos políti- 
cos; nunca reconoció el contrato social, ni los derechos 
del hombre, ni la inviolabilidad de los territorios ex- 
tranjeros. Siempre que pudo derribó los dioses Tér- 
minus y, como los antiguos, puso en su lugar una 
guerrera lanza, dando a entender por ese arte que el 
señorío de la tierra no es el resultado del convenio, 
sino el producto de la conquista. Ese virus prusiano, 
que se reconcentró en el alma dura de Bismarck, pasó 
con sus cínicas teorías y las de los profesores que lo en- 
diosaron, al torrente circulatorio de la nación alemana, 
ya constituida. Al revés de lo que debía suceder, según 
las optimistas previsiones de los filósofos, la levadura 
feudal absorbió a la masa. La ciencia, la filosofía, la 
industria y hasta la religión se prusianizaron e hicieron 
invasoras; todas las actividades, al intensificarse, torná- 
ronse imperialistas; las líricas trompetas, las febriles 
usinas y los austeros institutos, proclamaron y favore- 



50 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

cieron sin pararse en barras ni cristianos miramientos, 
las invasiones militares, las infiltraciones mercantiles, 
las penetraciones científicas, las conquistas económi- 
cas; con fines de expansión y dominio los poderosos 
métodos de los laboratorios se aplicaron pacientemente 
a la política y el comercio, y el espíritu belicoso y la 
estrategia militar a las universidades y las fábricas. Con 
esta especie de movilización de la inteligencia y la vo- 
luntad nacionales, enfervorizadas de antemano por un 
misticismo utilitario y de circunstancias, cristalizó el 
espíritu científico o de organización en el cerebro de 
todo alemán y el ansia de dominio universal en toda 
alma germana. A la razón y la sensibilidad latinas, de 
noble estirpe, pero un tanto desvirtuadas por las mo- 
licies ingénitas a los refinamientos extremados y los 
desvarios del idealismo ensoñador, opuso Germania, 
y con ello operó una reacción saludable contra los 
excesos del intelectualismo, la razón económica, el rea- 
lismo político y la franca voluntad de dominación. En 
todas las farmacias y especialmente en las favorecidas 
por Guillermo II, delicice generís hiimanis, como lo 
llama el profesor berlinés Lasson, se fabricaban y ex- 
pendían las pildoras imperialistas. El pueblo se fué 
intoxicando. Las energías todas, aun las espirituales, 
regimentadas por el Estado en los cuarteles y las es- 
cuelas, pusiéronse incondicionalmente al servicio de 
aquella voluntad. Para robustecerla, las verdades uni- 
versales fueron deformadas y convertidas en verdad 
alemana. Los historiadores falsificaron los hechos, los 
filósofos las ideas, los moralistas las nociones del bien 



APOLO Y DÍONISOS 51 

y el mal. Las doctrinas ferozmente imperialistas, que 
en los otros países no salieron jamás del inofensivo 
terreno de la especulación filosófica, fueron formula- 
das y practicadas concienzudamente por Alemania en 
sus relaciones con el resto del mundo. Una organiza- 
ción fabulosa de los apetitos, cual nunca conocieron 
los anales humanos, reunió en apretada falange las ac- 
tividades de la nación entera y la encaminó por sen- 
das vedadas a la conquista militar, comercial e indus- 
trial del globo. Interpretando torcidamente tu culto, 
Dionisos, los profesores alemanes destruyeron mis nor- 
mas, así como las sabias leyes instituidas por Palas en 
Atenas, también los dulces preceptos del Galileo y 
ahitos de orgullo, dictaron los dogmas y las tablas 
morales de una cultura monstruosa, toda pedantería, 
sandez y crueldad. 

— Sin embargo, — consideró Dionisos como dudan- 
do - los zumos de esa cultura monstruosa le han per- 
mitido al Imperio organizarse férreamente y dilatar sus 
dominios en todas las esferas del saber y la produc- 
ción. Cómo puede ser esto siendo aquella cultura tan 
rematadamente mala? Si al árbol se le juzga por sus 
frutos, fuerza es confesar la excelencia del árbol ger- 
mano. Como productor de concertadas energías, orden 
político e inteligencia científica no tiene rival. 

Apolo replicó sacudiendo la blonda cabellera: 

— Pero su sombra es maléfica para la lozanía de la 
planta humana; sus flores monstruosas no tienen aro- 
ma ni variado color; sus frutos, opulentos y agrios, no 
satisfacen sino el rudo paladar germano; su savia ro- 



52 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

busta alimenta un organismo no más. « Sólo es rico 
aquel que en los otros se sienten ricos». Y bien, en 
la riqueza alemana, las demás naciones no se sienten 
ricas. Su egoísmo no ha llegado aún a ese punto de 
perfecta madurez en que lo particular se volatiliza es- 
piritualmente y funde con lo general; su aspiración, va 
contra la aspiración de todos; su ideal, no es el ideal 
de la humanidad; su conciencia, no es la conciencia 
universal. Los pueblos, aun considerándolas vencedo- 
ras, rechazan las tablas de valores morales del pueblo 
alemán por creerlas opuestas a la grande ilusión de los 
hombres. Esta, al fin de cuentas, es más eficaz que 
el saber. Por ignorarlo el germano nunca supo ins- 
pirar simpatías. Posee la ciencia y la fuerza, mas no 
el don y la gracia. Y la fuerza y la ciencia son cosas 
indigestas, repugnantes, odiosas, cuando no revisten 
formas amables y se convierten en simpatía, altruismo, 
ilusión vital, en lo que ha menester, en una palabra, 
el Espíritu, para urdir con hilos de seda, plata y oro, 
el vasto tapiz de la esperanza humana. 

— Pero en justicia — contestó Dionisos impaciente — 
sólo puede reprochársele al Imperio la falta de tacto 
y gusto en las formas de practicar el culto de la fuerza, 
no la ilegitimidad de él, porque, si bien se mira, todas 
las naciones lo practicaron ayer sin saberlo y lo prac- 
tican hoy más o menos sistemáticamente, desde que 
las filosofías de la inteligencia se trocaron en filosofías 
de la voluntad y con ellas las morales artificiosamente 
altruistas, en morales socialmente utilitarias; los peca- 
dos de producir y acaparar, en virtudes sociales; los 



APOLO Y DIONÍSOS ^)3 

condenados egoísmos en raíces y nervios de la vida. 
Y en religiones de la vida vienen a rematar a la postre 
por diversos caminos las filosofías, morales y religiosas 
de todos los pueblos. Ella es la cosa sagrada; la fuerza 
que la aquilata y pondera, lo divino; la riqueza que 
la sirve, la virtud social. Las nuevas tablas de la ley 
ciñen la testa de la vida con una corona de oro y le 
ponen en las manos el cetro jupiterino. Antes que las 
demás naciones Oermania vislumbró el nuevo signo 
de los tiempos y reconoció los imperiosos mandatos 
de Ares y Mermes. He ahí la causa de su indiscutible 
poderío. 

— Mas ese poderío, por desoír Germania en su sa- 
tánico orgullo los mandatos de otros dioses no menos 
poderosos que los de la guerra y el lucro, la indujo 
a ir contra la grande aspiración del mundo hacia la 
paz y romper el pacto de lealdad, concordia y justi- 
cia, que por el hecho de coexistir, han formulado im- 
plícitamente las naciones civilizadas. Faltóle al pan de 
la Kultur para ser asimilado por la humanidad, aquel 
dulzor de simpatía, aquella amorosa levadura que Jesús 
puso en el pan cristiano. De ahí que sea amargo e 
indigesto, aunque científicamente confeccionado; de 
ahí que, al salir del horno alemán y enfriarse, se con- 
vierta en bodrio mortífero para los otros pueblos. No 
tengo por qué ocultarlo: detesto la Kultur y pido a 
los dioses que a muerte sea condenada. El mundo 
no perdería gran cosa. A pesar de su enorme petu- 
lancia la Kultur no ha producido ningún tipo humano 
superior ni esas beaux maeurs en que cierto profesor 



54 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

de Basilea, muy sutil, aunque alemán, veía la flor y 
reconocía la sal de las civilizaciones avanzadas y finas. 
En cambio ha exaltado y así como embravecido la sim- 
pleza, la duplicidad y la barbarie de que, refiriéndose 
a sus compatriotas, nos hablan los grandes alemanes 
Goethe, Herder, Heine, Schopenhauer, Nietzsche. Los 
elementos nobles y utilizables de la civilización ale- 
mana: el culto de la energía, la acción y el oro, no 
como fuerza material sola, sino como semilla de la 
voluntad y habitáculo sagrado del deseo de poder, lo 
que transforma el vil metal en substancia divina, lo 
poseen, expurgados de principios tóxicos, el alma viril 
del inglés y el yanqui, almas de ataque, almas invaso- 
ras, pero que saben mantenerse dentro del diapasón 
humano y no desafinan en el concierto de las volun- 
tades que pugnan por establecer el bien universal en 
!a palestra misma de la competencia y la lucha. La 
vida intensa no excluye las relaciones amables entre 
!os países como no las excluye entre los individuos 
de una misma patria. La fuerza, como la riqueza, im- 
pone altos deberes morales de solidaridad; implica 
más bien la protección que no el aniquilamiento de 
los débiles. Combate mutuo y mutua alianza, he ahí 
los contraríos que los alquimistas del Olimpo concilian 
en las retortas y alambiques de la armonía universal. 
En la tierra el culto de la Vida no será jamás el culto 
de la muerte; lo humano no será nunca lo inhumano; 
la norma del hombre no podrán darla jamás los hom- 
bres que no tienen una conciencia de hombres. Si la 
humanidad rechaza con horror la razón germana, es 



APOLO Y OÍONISOS 55 

porque la religión de la vida estrechó su círculo y 
tomó en la Alemania prusianizada, la forma obtusa y 
agresiva del pangermanismo, el cual, si bien sirve los 
intereses alemanes inmediatos, está en abierta oposición 
con las aspiraciones de la conciencia mundial y en- 
carna un peligro inminente para los pueblos de cul- 
tura greco-latina sobre todo, de esa cultura cuyos prin- 
cipios de universalidad la hacen simpática y propicia 
a los intereses espirituales de todas las naciones. Para 
defender una tradición gloriosa y una divina locura, 
la locura de Prometeo, se yergue Lutecia frente a Ger- 
mania. Aquella tiene los ojos verdes como las risueñas 
praderas del mundo; ésta los ojos azules como la im- 
pasibilidad del cielo. 

La humanidad ama el color de la esperanza. 

Dionisos reflexionó un instante y luego con voz 
grave y como preñada de arrullos declaró: 

— Yo también amo el color de la esperanza; mi 
encendido y constante amor por Ariana lo prueba; yo, 
como tú, estoy obligado a defender la civilización que 
juntos hicimos florecer en la Helade y en el Lacio; yo 
como tú quiero de la entraña a la amable Lutecia y 
jamás contrariaré los designios de Atena, su numen 
protector, porque nunca podré olvidar que cuando los 
Titanes me arrojaron en una olla de agua hirviendo, 
después de haberme descuartizado cruelmente, ella re- 
cogió del suelo mi corazón aun palpitante y se lo 
entregó a Jove, que me formó de nuevo. A ella le debo 
la vida; mi corazón siempre será suyo. 

Y cambiando de acento prosiguió: 



51) DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

— Yo no estimo de Oermania sino !o que la acerca 
a mí. No crean por eso los dioses que soy germanó- 
filo. Como podría querer a un pueblo que no sabe 
reir ni danzar? Pero no lo condeno a muerte como 
tú, Apolo, aunque sus simplezas y abominaciones me 
sean tan repulsivas como a tí. Oermania no posee el 
don ni la gracia, pero posee la ciencia y la fuerza, 
que no son cosas despreciables. Despojados de sus 
principios tóxicos; limpios de bismarquinas y spurlos 
los caldos de la Kultur serían acaso un gran recons- 
tituyente para la sangre un tanto anemiada del latino. 
Pero quien podrá convertir el veneno en medicina? 

— Lutecia misma - respondió Apolo resueltamente. 
— La misión histórica de Francia en el drama actual 
es, no tanto ponerle trabas y diques a la invasión de 
los bárbaros, cuanto asimilarse primero y convertir 
después en levaduras morales, los principios, las doc- 
trinas y los métodos que le dieron a Prusia el pode- 
río materia!. 

— Y podrá hacerlo Lutecia? 

— Sin duda alguna: su don de simpatía y univer- 
salidad siempre supo humanizar y revestir de formas 
amables los feroces instintos de dominación. Oid ¡oh, 
dioses! Francia es en los vergeles espirituales del 
mundo el árbol de Minerva, un majestuoso olivo cu- 
bierto de frutos, florecido de rosas y poblado de pája- 
ros cantores. Su inteligencia, su arte, su poesía diríase 
macerados en aromas y trinos. Como la rosa, todo lo 
que es francés, atrae irresistiblemente las miradas; como 
el ruiseñor, cuando deja oir sus arpegios, al hablar 



APOLO Y DIONLSOS d7 

Lutecia canta y su canto caricioso es para los hom- 
bres lo que para los tiernos infantes la cantilena de las 
nodrizas: ahuyenta el miedo, cierra los ojos al mal, 
mitiga la pena y llena el alma de esperanza. Atenas y 
Roma, sus hadas madrinas, pusieron en el amoroso 
corazón de Francia la virtud de todas las auritmias y 
la prepararon lo mismo para la galana empresa de 
arte que para el arresto heroico. Una le dio la mitra y 
la lira mías, tu flauta y tu tirso y el escudo y la lanza 
de Palas; la otra la cava gladiadora y las sandalias de 
Hermes. De Grecia recibe el sentido de las propor- 
ciones, la claridad, la precisión, la ironía alada, la gra- 
cia divina; de Italia el vigor, la sobriedad, la razón 
ciudadana, el sentido de lo útil y lo social, Los zumos 
de una y otra cultura fundidos en el humanismo se 
filtran y depuran en el alma cristiana de Lutecia, la 
ornan luego con todas las elegancias del espíritu y poco 
a poco la templan, ennoblecen y ponderan para que 
echen hondas raíces allí y den óptimos ramos la so- 
ciabilidad, las ideas generales, el precioso don de lo 
universal. 

Tomó aliento y continuó: 

— El ideal humano es una rosa de Francia. Lute- 
cia, como aquella encantadora Manon Phlipon, podría 
decir: «Alejandro, para conquistarlos, deseaba que hu- 
biese otros mundos, para amarlos desearía yo que los 
hubiera». Gracias al influjo de este calor comunica- 
tivo el pensamiento francés ha hecho suyas todas las 
aspiraciones de la humanidad y no parece extranjero 
en ninguna nación; no hay ninguna que no le deba 



58 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

algo, muchas lo mejor de sí mismas y son muy pocas 
las que no llevan en el medallón del alma, como un 
recuerdo de sus primeros amores, la imagen adorada 
del bello París. Desde la Edad Media la literatura 
francesa introduce en la cultura general la levadura luí' 
manitas y después los fermentos del idealismo social, 
los códigos sentimentales y las modas líricas. Rabe- 
lais, Calvino y Montaigne llenan el siglo XVI; Des- 
cartes, Pascal, La Rochefoucauld y Moliere el XVII; 
Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Buffon el XVIII; 
Comte, Proudhom, Hugo, Pasteur, Renán, Verlaine el 
XIX; Bergson los comienzos del XX. Lo que es jus- 
teza, transparencia, elegancia, fineza sale de Francia; 
lo que es entusiasmo, altruismo, independencia, ánimo 
generoso, espíritu fraternal lleva el cuño francés. Si la 
cultura de más subidos quilates es aquella que pro- 
duce hombres más completos, ninguna, después de la 
cultura griega, aventaja ni siquiera iguala a la cultura 
francesa. A pesar del incurable irrealismo y los pre- 
juicios obtusos contra las actividades mercantiles que, 
entre tantas excelencias y como natural reverso de 
ellas, entrañaba el humanismo; a pesar de la verbo- 
gracia, la sensiblería, las embriagueses literarias y los 
opios enervantes del intelectualismo, hasta mediados 
del siglo XIX las disciplinas francesas fueron las más 
eficaces para la formación del espíritu y la educación 
realmente humana del carácter. La invención de la de- 
cadencia de la raza es una burda especie. Nunca el 
galo ostentó cualidades más diversas ni brillantes que 
en la época contemporánea; nunca tuvo más enjundia 



APOLO Y DIONíSOft 59 

ni fuste el pensar y el sentir franceses. Lo que hubo 
fué que el medio social cambió: tornóse realista, po- 
sitivo, utilitario y ciertas aptitudes, las efectivas en par- 
ticular, dejaron de ser actuales, perdieron gran parte 
de su eficaz influjo y hasta llegaron a parecer antagó- 
nicas a las virtudes viriles y productivas que reclamaba 
con urgencia el signo de los tiempos, el reino de la 
acción, el batallador imperialismo de todas las nacio- 
nes, de todas las clases y de todas las actividades. 

— Y en efecto — consideró Dionisos — había algo 
podrido en Dinamarca: mucha retórica, mucho claro 
de luna, mucho canto del ruiseñor. No sin alguna 
razón decía el maleante Renán: «Francia morirá por 
culpa de sus hombres de letras»; no sin algunos 
atisbos de verdad afirma el travieso Anatole France: 
« la literatura es el opio del occidente ». Los que ana- 
lizan demasiado la vida no la viven; los refinamien- 
tos excesivos de la sensibilidad traen aparejados, harto 
frecuentemente, la ironía y el escepticismo; las ele- 
gancias espirituales suelen degenerar en incapacidad 
práctica; las extremas delicadezas del alma mellan los 
filos de la voluntad. He ahí por qué humanismo y 
realismo, espíritu clásico y espíritu científico, razón 
lógica y razón universal, egoísmo y desinterés no 
fueron, sino a ratos, buenos amigos; y aunque reco- 
nozco que el reconciliarlos es una necesidad urgen- 
tísima de la civilización y será acaso la obra magna 
del siglo XX, aquellos elementos adversos que exclu- 
yen todavía y dan ocasión a la pugna de los con- 
templativos y los activos y la derrota irremisible de 



60 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

los primeros en la arena candente de la competencia 
universal. Por algo quería Platón coronar de rosas 
a los poetas y expulsarlos luego de la república. 

— Pero te haré observar, Dionisos, que el irrealis- 
mo, mal esencialrfiente literario, y los tócigos des- 
tructores de las energías viriles no compusieron nunca 
el tuétano de la gala cultura, sino que constituían un 
vicio superficial, una erupción de la piel que saltaba 
a la vista de los observadores incautos y les impedía 
ver la Francia eterna, la Francia que deponiendo mi 
lira augusta y tu flauta mágica ha vestido los arreos 
guerreros y le da al mundo asombrado un ejemplo 
de dignidad nacional y heroísmo a la manera espar- 
tana. Antes de la guerra existía ya esa Francia en la 
reacción encarnada por la juventud de las universi- 
dades y las palestras contra el escepticismo enervan- 
te de las generaciones vencidas en 1870; contra los 
artificios del intelectualismo; contra el desprecio de 
las actividades prácticas, que falsos sacerdotes de mi 
culto predicaron y, en fin, contra todo lo que fueran 
opios de la voluntad, filtros adormecedores de las 
energías nacionales. Despertaba el gallo galo; rena- 
cía el orgullo francés; Lutecia se sentía de nuevo 
capaz de grandes cosas; la Palas greco-latina, la de 
los ojos color esperanza, miraba hacia los Vosgos y 
requería otra vez la lanza y el escudo. La fórmula 
nacionalista: «la tierra y los muertos >>, triunfaba en- 
tre la juventud estudiosa, a la par que la influencia 
de los aviadores, los pujilistas y los atletas le comu- 
nicaba al resto de ella el gusto de la acción, el es- 



APOLO Y DI0NIS03 61 

fuerzo y la audacia. Esa juventud, toda confianza y 
todo ardimiento, palpaba la anarquía moral, intelec- 
tual y política en que, a vueltas de tantas promesas, 
venía a rematar el idealismo revolucionario, y sintién- 
dose vendida se hizo realista, utilitaria, nacionalista; 
empalagada de tanta mentirola y gollería jacobina 
dejó de oir el canto de las sirenas, los discursos su- 
tiles de los sofistas, que la incitaban al suicidio na- 
cional y solo prestó el oído a los órganos de las cate- 
drales, que ie hablaban de lo infinito, y a los rotundos 
acordes de la Marsellesa, que le hablaban de la pa- 
tria. Cuando llegó la hora suprema de los grandes 
sacrificios, esa juventud tachada de prosaica e intere- 
sada, fué la primera en sonar los bélicos clarines y 
la que encendió en divina cólera el alma de la nación 
entera. Y he ahí como se operó el milagro del Mar- 
ne y repitieron por la muñeca de Lotz, los inefables 
heroísmos de la muíieca de Orleans. 

Lo que va a perecer y es bueno que perezca de la 
cultura greco-latina, de la que cabe considerar a Fran- 
cia como el paradigma y la flor, es lo que estaba 
podrido y condenado a muerte por la juventud fran- 
cesa antes de la invasión del germano y lo que hoy 
de hecho en las trincheras muere: una gran parte dd 
espíritu de Rousseau, lo que tenía de utópico y ener- 
vante; el escepticismo suicida de los mandarines de 
las letras; los espejismos engañadores de la razón 
razonante, que es lo contrario de mi razón; los idea- 
lismos sin arraigo en la realidad fisiológica; los estú- 
pidos prejuicios de las democracias con respecto a 



62 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

las jerarquías sociales, la fuerza y el oro; la enfer- 
miza disposición sentimental; el canto de los cisnes 
embalsamados; las moralinas destructoras de la volun- 
tad. Y de esas trincheras, donde tantas cosas se fun- 
den o cristalizan, se evaporan o aparecen en los tene- 
brosos matraces de la realidad viva y trágica, saldrán 
las nuevas « Tablas de la ley > que gobernarán en lo 
futuro las conciencias. 

De qué mixturas espirituales se compondrán ? Pre- 
dominarán los elementos realistas, científicos, utilita- 
rios o los místicos, de cuyo misterioso poder no se 
conoce el alcance aun? Quién gozará de mayor pre- 
dicamento, tú o yo? Prometeo o los dioses? La au- 
gusta Palas o la seductora Afrodita? La severa Temis 
o la deliciosa Pandora? ¡Arduo problema! Sin em- 
bargo, todo bien pensado y medido, determinados 
hechos e indicios, actuales unos, anteriores a la gue- 
rra otros, dan margen a ciertos barruntos de lo que 
será la nueva moral de los pueblos. A todas luces 
una crítica avisada, luego de reconocer los fueros de 
la naturaleza y al mismo tiempo, la legitimidad de 
la esperanza humana, se esforzará por conciliar, en 
lo posible, la razón del universo y la razón del hom- 
bre. Si hay discordancias existen también afinidades; 
la ciencia ha descubierto algunas que permiten vis- 
lumbrar una probable fusión y armonía de los con- 
trarios. Si; la materia tiene sus fueros, el espíritu 
los suyos, pero urge recordar que éste es el hijo de 
aquélla y ambos nietos de los dioses. Las filosofías 
de la voluntad, el energético y la intuición en rega- 



APOLO Y DIONISOS 63 

lada privanza antes del conflicto mundial, así como el 
culto de la acción y la vida en que se traducían prác- 
ticamente, implicaban una tendencia antirracionalista 
que la dura experiencia de la guerra afirma y robus- 
tece a diario, poniendo ante los ojos cegados por las 
cataratas idealistas, la irrisoria vanidad de la justicia 
teórica frente a la fuerza real; las lamentables flaque- 
zas de las morales desinteresadas para resistir, sin va- 
pores ni desmayos, los galanteos de los apetitos; la 
supremacía de los intereses en las relaciones de los 
hombres y, en fin, el determinismo económico de los 
fenómenos sociales. 

Mas, por otra parte, el resurgimiento inopinado de 
las virtudes heroicas y el espíritu religioso en la época 
más positivista y mercantil izada de la historia, y, por 
añadidura, la certeza científica de la legitimidad y la 
eficacia de la ilusión como servidora de la vida, dan 
claros indicios de que, si bien las evaluaciones de un 
realismo integral, substituirán a los viejos valores ro- 
mánticos, ese realismo no será la proyección lógica 
de un inhumano y macarrónico naturalismo a la ale- 
mana, sino el hijo carnal del deseo de poder, impe- 
rante en el universo entero, con la voluntad de con- 
ciencia que sólo alienta en el alma del hombre. Es 
muy posible y aun probable que las morales futuras 
sienten sus basas sobre la roca firme del egoísmo, 
como antaño sobre la arena movediza del desinterés, 
más ese egoísmo, lejos de ponerle trabas a las ilusio- 
nes fastuosas y divinas esperanzas de los mortales, les 
servirá de rodrigón y las hará viables, destruyendo 



64 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

previamente, por la sola virtud de su naturaleza, mitad 
ángel, mitad demonio, las tozudas antinomias que 
existen entre el derecho y la fuerza, entre el interés 
propio y el ajeno, entre el mundo y el cosmos. 

— Buena falta hace — afirmó el bello Dionisos. — 
Aunque nobles y bien intencionadas las morales al- 
truistas no supieron hacerlo y perpetraron un gran cri- 
men: pusieron al individuo en abierta pugna consigo 
mismo, y naturalmente, como no podía menos de su- 
ceder, obrando tan contra naturaleza, remataron en hi- 
pocresía y embuste. ¡Grotesca pantomima! se mante- 
nían las histriónicas apariencias del desinterés y se 
obraba interesadamente. Y quieras que no, todo el 
mundo vivía en la mentira y el fraude. De ahí, sin 
duda, el malestar profundo de la conciencia contem- 
poránea y las contradicciones fragantes de su moral. 
La guerra ha hecho a éstas más visibles por ser ella 
misma una crisis aguda de la lucha en que, sin reco- 
nocerse y siendo hermanos, pretenden destruirse el 
egoísmo y el desinterés; en que siendo madre e hija 
quieren aniquilarse, la mínima razón del hombre y la 
máxima razón de la Naturaleza. 

— Esa lucha colosal y perenne — aseveró el radioso 
arquero — trasunto de la guerra colosal de los dioses 
con los Titanes, antes de establecerse el nuevo orden de 
cosas presidido por Jove, informa la civilización toda y 
es la historia secreta de la humanidad, del mismo modo 
que antes la lucha de las fuerzas ciegas con las fuerzas 
lúcidas fué la historia del universo cuando reinaba el 
caos. La inteligencia de Zeus triunfó en el Olimpo, la 



APOLO Y DIONISOS 65 

inteligencia del hombre triunfará en el mundo. La na- 
turaleza tiende fatalmente a convertir las discordias en 
armonías y transformar la materia en vida, la vida en 
espíritu, el espíritu en conciencia o ley humana. Por 
su condición amorosa y ensoñadora, fiebre del alma y 
don de lo universal, Francia se hizo, desde muy re- 
motos tiempos, algo así como la pitonisa de la ley del 
hombre. Todas las ilusiones idealistas y todos los sue- 
ños de dicha común, tuvieron en ella eco simpático y 
arrimo de amor. Su lírico corazón fué y sigue siendo, 
el tabernáculo de la esperanza humana; sus pendones 
guerreros son las enseñas de la heroica ambición que 
incita a los efímeros a rebelarse contra la despiadada 
voluntad de los dioses adversos. Por eso van hacia 
Lutecia la calurosa simpatía de los pueblos que pre- 
fieren a la realidad olímpica la realidad moral. Esta 
puede vencer, pero aquélla no puede ser enteramente 
vencida ni conviene que lo sea. Las energías cósmicas 
son necesarias al vigor de las almas. Sin esa enjundia 
robusta la grande esperanza del hombre remataría en 
puerilidad y sandez. La humanidad empieza a tener 
nítida percepción de ello y reclama con ansias mor- 
tales la formación de una nueva conciencia, toda luz, 
pero también toda fuerza; de una conciencia que no 
sea, como lo quiso el espiritualismo, raquítica planta 
de estufa, flor de trapo, apariencia sin vida, sino árbol 
potente, nutrido por las raíces con los jugos vitales del 
mundo, nutrido por las hojas con los elementos eter- 
nos del éter azul. 
— Y qué empece, divino Apolo — interrogó Dioni- 



66 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

SOS conciliante — la realización de esa visión, barca en- 
cantada sobre mar de bonanza en la que a mí también 
me gustaría bogar hacia la era de paz y ventura ? Los 
sempiternos antagonismos entre las fuerzas obscuras y 
las fuerzas lúcidas, entre el espíritu y la materia, entre 
la voluntad del universo y la voluntad del hombre 
van en camino de desaparerce, así como nuestra ene- 
mistad que fué sólo aparente. Entonces... 

Con el rostro ensombrecido por repentina tristeza 
respondió Apolo: 

— Lo que realmente dificulta ahora la suspirada ar- 
monía de los contrarios, por la cual he bregado sin 
punto de reposo ya en la tierra, ya en el cielo, es la 
tirria que se tienen nuestros sucesores en el mundo 
Cristo y Mammón. En el primero delegué yo mis po- 
deres, en el segundo tú. Ellos se han hecho y se hacen 
más cruel guerra que nosotros y, sin su reconciliación, 
la paz humana será imposible. Mientras haya provecho 
en violar las leyes del amor, siempre habrá naciones, 
que, como la torva Germania, se prepararán durante 
años y años concienzudamente para agredir y despo- 
jar a las otras. 

— Y es cosa averiguada, Apolo, que Germania fuese 
la causante de la guerra y la que primero agredió? 

— Cómo, tú, Dionisos, tan maligno, puedes dudarlo? 
Si vieras reñir a una oveja con un lobo, quién pen- 
sarías tú que quiso la lucha y atacó primero, la oveja? 
sería ridículo imaginarlo. Por lo demás, las ambiciones 
imperialista de Germania corren impresas en los textos 
de sus doctores, y las tenebrosas trapacerías que em- 



APOLO Y DIONISOS 67 

pleaba sin escrúpulos para darles cima, han sido des- 
cubiertas y puestas en la picota de la pública repro- 
bación. Pero eso tiene poca importancia. Lo importante 
es escudriñar una a una las recónditas causas del con- 
flicto y ver lo que conviene más para la salud del 
mundo: si la razón de Germania o la razón de Lu- 
tecia. Después Zeus decidirá. 

— Es necesario que oigamos antes a Cristo y a 
Mammón. De qué parte se pone Prometeo? 

— El Titán favorece ya al uno, ya al otro. 

— Y Pandora? 

— Lo mismo, aunque a decir verdad, Pandora, así 
como Irene, se inclinan un poco más del lado de 
Mammón. 

— Irene, dices?. . . 

— Sí, Irene, la fuente de toda dicha y de todo bien, 
la más dulce y amable de las hijas de Temis, la que 
solía llevar en sus brazos a Pluto dormido, en fin, 
cuando figuraba en tus cortejos, es, no la existencia, 
sino la voluntad de vivir o la Vida misma de los mor- 
tales. Ella asiste a Prometeo en sus torturas, lo consuela 
y lo anima presagiándole una próxima liberación. Por 
las noches desciende a la tierra y cura con hierbas 
misteriosas el hígado ensangrentado del Titán. Gracias 
a tan prolijos cuidados la parte de la entraña que de- 
vora por el día la furia insaciable del águila, vuelve a 
crecer por las noches bajo el manto encubridor de 
Latona, mi buena madre. Irene y Pandora son insepa- 
rables amigas. Creyéndolas a veces una sola persona 
los efímeros suelen darles el nombre de Ilusión-vital 



68 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

y bajo esa apariencia ambas forjan, jugando con las 
Horas, las Gracias y las Musas, las mentiras saludables 
que, como los niños los cuentos de hadas, apetece la 
humanidad. La misión de Irene es más amable aún 
que la de sus hermanas Eunomia, cantada por Tirteo 
y Solón, y Dike, la que revela al padre celeste las 
acciones injustas de los mortales, y tan importante 
como la solemne función de las mismísimas Parcas. 
Ella no teje la trama de la existencia con hilos blan- 
cos y negros como las hijas de la necesidad; no re- 
tuerce el huso de la vida ni canta el pasado como 
Laquesis; no tiene en la mano la rueda del destino 
ni canta el presente como Cloto; no corta el hilo de 
los días con una tijera de oro ni canta lo porvenir 
como Átropos. Irene, en cuyo corazón se funden las 
voluntades olímpicas y los deseos humanos, dicta las 
normas y las pautas de su propio y divino juego, les 
pone a las cosas según su capricho, las etiquetas del 
Bien y el Mal y vuelca sobre los mortales la opulenta 
cornucopia de los placeres y los goces. Y los mortales 
la adoran sobre todas las cosas y cuanto piensan y 
obran es por servirla. Su voluntad es la ley del mundo, 
pero no peca de antojadiza o versátil, nunca olvida 
que sus padres son Zeus y Temis. Aunque parezca 
ceder al mal lo vence siempre. Cuando la espantable 
muerte, con quien vive en eterna lucha, la arroja a 
tierra y la cree sin vida, se levanta sonriendo, se co- 
rona se frescas rosas y se aleja cantando. ¡Oh, Irene! 
¡Oh, Vida! ¿dinos quien interpreta mejor tus secretos 
designios si Cristo o Mammón? 



APOLO Y DÍONISOS 69 

Irene salió del grupo de los inmortales conducida 
de la mano por Pandora y juntas se adelantaron hacia 
el padre olímpico. Al contemplar la resplandeciente 
belleza y el hechizo irresistible de aquellas dos cria- 
turas, otra vez el corazón de los dioses se hinchó de 
gozo, de un gozo hondo, turbador, jocundo, que ni 
los encantos de Afrodita alcanzaban a provocar. Y 
dijo Irene: 

— Desde que Apolo y Dionisos se retiraron al Olim- 
po, Cristo y Mammón, que así llaman a Pluto ahora 
los mortales, se disputan el imperio de la tierra. Am- 
bos han procurado servirme, cada cual a su manera; 
yo, indiferente a las rencillas en que siempre andan 
envueltos, acepto gozosa las ofrendas de los dos. Ora 
llevo en los brazos al niño Pluto dormido, ora el niño 
Jesús. Deleítame verlos travesear y ellos lo hacen ale- 
gres y confiados porque me quieren de la entraña. 
Cuando el cansancio los vence, se duermen como unos 
benditos en mi amoroso regazo. Si he de decir verdad, 
ignoro quien me sirve mejor, si el hijo de María, sin 
pecado concebido, o el hijo de Demeter, engendrado 
sobre la tierra tres veces labrada; a uno lo quiero por 
su infinita dulzura, al otro por su belicoso ardor. En 
cuanto a lo que conviene más para la salud de las 
repúblicas, si la razón de Germania o la razón de Lu- 
tecia, no puedo declararlo antes que los inmortales 
oigan a Prometeo, que mejor que nadie conoce el 
corazón de la humanidad, y luego al dios del desin- 
terés y al dios del egoísmo. El pleito entre aquellas 
matronas es, en cierta manera, el pleito entre Cristo y 



/O DIÁLOGOS olímpicos 

Mammón y el de éstos, hasta cierto punto, el viejo 
pleito de Apolo con Dionisos, trasunto a su vez de 
la lucha colosal de los dioses con los Titanes o sea 
de las potencias de la luz con las potencias de las 
tinieblas. Como la mayoría de los olímpicos, yo trato 
de fundir en mis crisoles los elementos antagónicos, 
pero nuestra peliaguda tarea no ha terminado aún ni 
probablemente terminará jamás. Por lo que toca a la 
paz absoluta con la que algunos me confunden tor- 
pemente, no la conocerá, a Zeus gracias, el mundo ni 
yo la ansio. Más que la paz yo soy la armonía que 
nace del combate. El dios bicorne lo ha dicho muy 
bien: si terminaran todas las guerras, terminarían tam- 
bién todas las paces y sería el reino de la muerte. A 
mí me armaron las voluntades olímpicas para comba- 
tirla. Y en eso estoy. 

— Sí, oigamos a Prometeo y después a Cristo y a 
Mammón, ~ dijo Zeus magnánimo, mientras hacía que 
Irene la adorable y Pandora la hechicera se sentasen 
a sus pies. — Si el Titán no teme arrostrar mis iras 
que se levante y exponga sus pretensiones. 

Adelantándose resuelto hacia el prepotente Zeus; 
erguida la cabeza, impetuoso el fornido pecho y firme 
la mirada, dijo el gigante, cuya recia musculatura im- 
puso admiración y respeto hasta a los más valerosos 
de los dioses. 

— Bien sabes ¡oh, Zeus! que yo no temo nada. 

— Audaz es tu lenguaje. 

— Es el que corresponde a quien sufre sin ceder ni 
pedir clemencia, largo e injusto martirio. Este no ha 



APOLO Y DIONISOS 71 

cesado para mí ni cesará jamás. Qué puede temer quien 
tiene por inseparables compañeras la pena, la amar- 
gura y la angustia? Las flechas de Heracles me libra- 
rán un día del corvo pico del águila; pero ese día no 
ha llegado aún. Ved, dioses inmortales, mis miembros 
desollados por las cadenas con que Hefaisto me apri- 
sionó en la más alta y áspera roca del Cáucaso, donde 
Zeus amasa las tormentas; ved mis entrañas manando 
la sangre bravia con que alimento los sueños ambi- 
ciosos del mortal; ved los ojos que osaron desafiar 
las cóleras divinas y que las cóleras divinas, si ane- 
garon en lágrimas, no lograron humillar. 

— Cómo, qué osa decir? Su insolencia raya en de- 
lirante locura - exclamó Zeus entre iracundo y admi- 
rado. 

-—Mi insolencia es mi virtud. 

— Los castigos no han logrado corregirte; preciso 
será comenzar de nuevo. 

— El resultado sería el mismo; nada pueden los cas- 
tigos contra quien no se reconoce culpable. La pena 
injusta cae en el alma inocente como el rocío so- 
bre las rosas. Si cometí algún crimen largamente lo 
purgué; mis penitencias fueron más grandes que mis 
pecados. No soy yo quien debe bajar la serviz. Te 
inspiraría desdén si me vieras, por temor, pedir gracia 
como quien demanda una limosna, en lugar de recla- 
mar justicia con airadas voces. No, no me avergüen- 
zo, no puedo avergonzarme de lo que pareció criminal 
osadía y después de tantos siglos resulta sólo virtud; 
no puedo mostrarme pesaroso de haber sido, con ra- 



i2 DIÁLOGOS olímpicos 

zón, valiente y soberbio; no puedo olvidar que por 
mis venas corre sangre olímpica; que, en gran parte, 
tu trono me lo debes a mí y que los seres de un día 
son alma de mi alma y carne de mi carne. Desde que 
te hurté el fuego divino para dárselo a los mortales, 
éstos fueron mis discípulos, compartieron mis penas e 
hicieron suyos mis audaces sueños. Y como yo formé 
su alma y su espíritu, los aedas antiguos inventaron la 
fábula de que el hombre era hechura mía y que con 
mis manos lo había modelado, como Hefaisto a la be- 
llísima Pandora. En camafeos y vasos milenarios se 
me ve dándole forma humana al barro inerte en com- 
pañía de la augusta y venerable Palas. La verdad es 
que junto con ella, Apolo y Dionisos sacamos al hom- 
bre de su miserable condición y lo convertimos en un 
ser racional, o, lo que es lo mismo, en un forjador 
de ilusiones. Y en tamaña empresa, mi concurso no 
quedó por bajo de! de los otros dioses, pues si Apolo 
fué el espíritu, Palas la razón y Dionisos el instinto, 
yo fui la voluntad, que vale tanto como decir la am- 
bición, el deseo de poder, el afán de dominar, en re- 
sumen, el alma y la vida del mortal. Una vez en po- 
sesión del inquieto fuego, el efímero tuvo calor y tuvo 
luz, dejó de temblar en las tinieblas frías, dejó de vivir 
en los antros pavorosos, coció el barro, fabricó por- 
tentosos instrumentos que le permitieron componer y 
descomponer los cuerpos, ver lo infinitamente pequeño 
y lo infinitamente grande, penetrar los misterios del 
ser, descubrir uno a uno los íntimos secretos de la 
avara naturaleza y enseñorearse de tierra, cielo y mar. 



APOLO V DIONISOS 7B 

— Y qué pretenden ahora los efímeros? 

— Apolo lo ha dicho: la libertad, el reino libre y 
gozoso del mundo. 

— Es compatible ese reino con el mío? 

— No ha de serlo, siendo el reino del fuego ani- 
mador. 

— Y si yo me opusiera a aquella pretensión? 

— Tratarían de destronarte como Cronos a Urano y 
como a Cronos tú. 

— Tanto osarían? 

— Los mortales lo osan todo. 

-En ese caso los aniquilaría, como aniquilé a los 
Titanes. 

— Los mortales son más fuertes que los gigantes de 
cien cabezas. 

— No importa, los vencería. 

— Los mortales son invencibles; sus rayos son más 
poderosos que los tuyos. Por otra parte tú no puedes 
destruir la obra excelsa de los dioses y la obra magna 
tuya en particular. 

— Tienes razón, yo no puedo hacer eso. El alma 
ardida y avasalladora del hombre es aliento mío; sus 
olímpicas ambiciones son hijas de mis designios. Quién 
se opone a ellas? 

— Un pueblo que, a pesar de su avanzada civiliza- 
ción, conserva el alma violenta y sanguinaria de los 
tiempos bárbaros. El es la causa principal de la des- 
avenencia y el encono de Cristo y Mammón. 

— Qué crímenes le imputas? 

— Muchos, pero sobre todo uno, porque de él se 



74 DIÁLOGOS OLÍMPICOS 

derivan todos los demás; el haber olvidado la divina 
esperanza del efímero, esperanza que es como la sal 
del mundo. 

— Sin embargo, ese pueblo discípulo tuyo tam- 
bién es. 

— Cierto, pero desde algún tiempo a esta parte obe- 
dece a influencias extrañas, a las sugestiones de un 
demonio que lo hace negar la ley del hombre. 

— Qué castigo reclamas para él? 

— Lo diré después de oir al dios del amor y al dios 
del egoísmo. 

— A quién prefieres tú? 

— ■ Uno es mi corazón, el otro mi voluntad. 

— Está bien, oigamos a Cristo y a Mammón — con- 
cluyó Zeus. — Así como así tengo muchos deseos de 
saber lo que piensan esas dos deidades y me place 
recibirlas en mi alcázar. Pero ahogando sus pujos de 
independencia y rebeldía, bien pueriles por cierto, acu- 
dirán solícitos a mi llamado? No quisiera emplear 
contra ellos la violencia. 

— Dionisos, el dios taumaturgo por excelencia — 
insinuó Apolo — podría sacarnos del paso, empleando 
las seducciones de sus mostos como hizo con Hefaisto 
para volverlo al Olimpo. El obrero celeste, acaso para 
vengarse de Hera, que avergonzada de las deformida- 
des de su hijo y las burlas que inspiraba a los dioses, 
lo quiso ocultar a los ojos de todos y luego concluyó 
por arrojarlo del palacio al mar, pues fué ella la que 
cometió tal demasía y no nuestro padre, le envió de 
regalo un magnífico trono de oro construido y por- 



APOLO Y DIONISOS 75 

tentosamente obrado en sus talleres oceánicos. Apenas 
Hera lo ocupó quedó prisionera y como paralizada 
en el misterioso artefacto. Los esfuerzos que hicimos 
los dioses para sacarla de aquella deslucida situación, 
fueron inútiles. Zeus, con voces que rodaron por los 
espacios como roncos truenos, llama al desterrado com- 
prendiendo que sólo éste podría libertarla; pero el muy 
cazurro se hace el sueco; entonces Dionisos bajó a 
la tierra y embriagándolo pudo engañarlo y traerlo a 
la paternal vivienda, donde el dios del fuego del brazo 
del dios de la viña entró haciendo eses. 

—• Dionisos ~ ordenó el Tonante — vuelve al mundo 
y, sin hacerles ningún daño, trae a mi presencia a 
Cristo y a Mammón. Apolo, mientras regresa tu her- 
mano cántanos alguna canción ; pulsen las nueve Mu- 
sas las cítaras celestes; dancen las radiantes Horas; 
deléitennos las Gracias con sus divinos juegos y hagan 
circular Hebe y Ganimedes las copas rebozantes de 
los mostos olímpicos. Las desdichas de los mortales 
no deben turbar nunca la serenidad de los dioses. 

El. Charrúa, Abril lo de 1918. 




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Connecticut 

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